| |
Resumen En este artículo
abordaremos algunas de estas cuestiones relativas a las estrechas relaciones
entre mente y cerebro, no sin antes detenernos en saber algo más de las
inferencias responsables de todo el lenguaje implícito que media en los procesos
de comprensión y la realización de inferencias. El artículo introduce, aunque
sea de manera breve, en este mundo fascinante del estudio del lenguaje
implícito y de sus implicaciones en la mente y el cerebro, así como algunos
resultados obtenido con la resonancia magnética funcional (RMf) y sobre algunas
de sus repercusiones en el estudio del lenguaje e implicaciones educativas.
Descriptores: Lectura, comprensión,
inferencias, neuroimagen, mente-cerebro, neuroimagen.
Abstract In this paper will address some of these issues
concerning the close relationship between mind and brain, and role that
inferences play on comprehension processes and language comprehension. This
paper starts with an introduction about pragmatics inferences and the fMRI
method. This paper also presents some important results obtained by fMRI
related to language comprehension, and supports some educational implications
for the study of language and comprehension processes.
Keywords: Reading,
Comprehension, Inferences, Pragmatics inferences, Mind and Brain, Neuroimaging
En cierta ocasión, un escritor famoso
recibió una carta de un lector en la que le agradecía el que hubiese escrito su
última obra por la agradable y exquisita experiencia que sintió al leerla. El
escritor, un tanto sorprendido, le respondió congratulándose del hecho, pero
recordándole que él sólo había realizado la mitad del trabajo, esto es,
escribir el libro. La otra mitad, comprenderlo e interpretarlo, había sido
tarea del lector. Por ello, el escritor acabó su carta agradeciéndole también
su parte del trabajo realizado. Este comentario del autor nos viene a cuento
para resaltar el papel fundamental del lector cuando trata de dar sentido, de comprender
e interpretar sobre cualquier material escrito. Es precisamente el lector quién
indaga en el significado de la obra, por eso suele decirse que el lector hace
que la obra exista, que esté viva.
Lejos de considerar la lectura como una
actividad pasiva supone, en realidad, una actividad tan difícil como compleja.
Exige del lector un esfuerzo notable por dotar de significado todo lo que lee
elaborando en su mente una representación coherente de aquello que ha leído.
Para ello, el lector debe aportar mucho de su fondo de conocimientos, de todo
el bagaje de conocimiento, pues muchas veces la información está implícita.
Buena parte de esta actividad frenética que tiene lugar en la mente del lector
y que realiza con lo que denominamos “inferencias”, alude a una destreza
inigualable para activar el conocimiento ya almacenado y utilizarlo para
organizar e interpretar la nueva información entrante, a través de complejas
relaciones abstractas no provenientes de los estímulos, como ya señalaba un
ilustre psicólogo llamado Jerome Bruner (1987). Actualmente,
buena parte de los estudios sobre inferencias se han acotado dentro del
discurso escrito, debido fundamentalmente a que el texto permite estructurar y
controlar muchas variables que afectan a su contenido de manera más precisa que
el discurso oral, más natural y espontáneo. Esta es la razón por la que nos
referimos a un lector imaginario como el sujeto de estudio.
La disciplina que viene dedicándose de manera profusa al
estudio de las inferencias como de la comprensión lectora es la denominada psicología de la comprensión del discurso
o, si se prefiere, la psicología del
texto o del discurso. Además de otros propósitos encaminados a explicar los
procesos de comprensión y de la lectura, esta disciplina se ha encargado de
profundizar en el estudio de todo tipo de inferencias pragmáticas que tienen
lugar en diversos contextos de comunicación. Por eso el psicólogo del discurso
investiga las representaciones mentales, los procesos, procedimientos y
estrategias que la mente humana genera cuando comprendemos o producimos
cualquier forma de discurso (e.g., un texto, un cómic, una opinión, un chiste,
una reprimenda). Es cierto que este objeto de estudio también se comparte con
otras ramas de la psicología (e.g., psicología cognitiva, psicología de la
lectura y de la escritura, psicología de la memoria, psicología del desarrollo,
psicología del pensamiento y lenguaje,...) pero en este caso, las inferencias
sería “su” objeto de estudio, aunque necesariamente necesite de otras
disciplinas para desarrollar su tarea. También afecta a la psicolingüística,
aunque su área de conocimiento se centra fundamentalmente en el procesamiento
de oraciones y no tanto en segmentos más amplios del discurso como párrafos o
segmentos más amplios. En cualquier caso, la psicología del texto está
estrechamente relacionada con un amplio campo interdisciplinar que aborda
cuestiones más allá de la lingüística, entre las que destacan la retórica, la
literatura, la sociología, la antropología, la filosofía, la educación, la
comunicación y nuevas tecnologías, las ciencias de la computación, las ciencias
cognitivas y, de manera más reciente, de las neurociencias cognitivas.
Gracias a esta aportación sumatoria e interdisciplinar disponemos actualmente de una importante cantidad de conocimientos
sobre el tema. Este enfoque interdisciplinar ha mejorado profundamente
el conocimiento de lo que hoy sabemos. En todos estos casos, el estudio sobre
las inferencias supone indagar en claves que nos permiten conocer de manera más
precisa cómo comprendemos una determinada información, cómo la procesamos y qué
mecanismos entran en juego. En otras palabras, conocer mejor la funcionalidad
de la mente de manera general, y del estudio del lenguaje, del mecanismo de comprensión y de las
inferencias en particular. Así, si el interés de la lingüística recae
básicamente en la descripción del lenguaje mismo y de sus principios generales,
para los psicólogos, en cambio, son las funciones y mecanismos psicológicos
implícitos (e.g., la memoria, las operaciones que ejecuta el lector,
inferencias,...) su objeto de estudio. Las ciencias de la computación, por su
parte, está más interesada en la investigación tecnológica, en elaborar
algoritmos que realicen cómputos lingüísticos de un modo eficiente. La
neuropsicología del lenguaje estudia el deterioro selectivo de las funciones de
la lectura y el lenguaje asociado a lesiones cerebrales.
En los últimos años, el estudio de las
inferencias ha adquirido tanta relevancia que actualmente se considera el
núcleo de la comprensión e interpretación de la realidad y, por tanto, uno de
los pilares de la cognición humana. Desvelar las claves de su funcionamiento
permitiría comprender mejor no sólo el funcionamiento mental o la adquisición
de conocimiento, sino el procesamiento del lenguaje, tanto el explícito como
implícito, y su implicación en el cerebro. Desde hace mucho tiempo se sabe, por
ejemplo, de la existencia de dos áreas cerebrales relacionadas estrechamente
con el lenguaje, a saber, el área de Broca y el área de Wernicke, ambas
localizadas en el hemisferio izquierdo del cerebro. Sin embargo, desde hace
relativamente poco tiempo, sabemos que hay más áreas cerebrales implicadas y
que participan muy activamente en ambos hemisferios. En el presente trabajo
abordaremos algunas de estas cuestiones relativas a las estrechas relaciones
entre mente y cerebro, no sin antes detenernos en saber algo más de las
inferencias responsables de todo el lenguaje implícito que media en los
procesos de comprensión e introducirnos, aunque sea de manera breve, en este
mundo fascinante del estudio del lenguaje implícito y de sus implicaciones en
la mente y el cerebro, así como algunas de sus repercusiones y aplicaciones
educativas.
¿Qué
entendendemos por inferencia?
Una inferencia podria ser definida como aquellas ideas que, no estando incluidas
en un mensaje, son capturadas por la representación interna del lector. Las inferencias se identifican así con representaciones
mentales que el lector construye al tratar de comprender el mensaje leído u
oído, sustituyendo, añadiendo, integrando u omitiendo información del texto.
Son fundamentales porque tienen un altísimo valor adaptativo para predecir
conductas, para entender la realidad, para comprender mensajes abstractos. Gracias a las inferencias podemos desvelar lo
"oculto" de un mensaje, leer entre líneas, hacer explícita en nuestra
mente la información implícita del mensaje. De una manera general, podríamos
afirmar que cualquier información que se extrae del texto y que no está
explícitamente expresada en él puede considerarse, de facto, una inferencia. O dicho de otra manera, toda información
implícita es generada mediante inferencias. Con ellas generamos expectativas sobre una situación dada y que nos parece
cierta, aunque no sea necesariamente así.
La comprensión del discurso supone,
por tanto, una función inferencial muy compleja. Partiendo de unos contenidos
descritos en un texto, el lector elabora un conjunto de proposiciones
explícitas o inferidas y, al mismo tiempo, construye un modelo situacional a
partir de las ideas o proposiciones disponibles. El resultado final es que
siempre acabamos procesando más información de la que leemos de manera
explícita. Se une lo que se ha leído u oído con aquello que sabemos acerca de
algo. Las inferencias funcionan hasta en casos de extrema dificultad como se
presenta en el ejemplo siguiente:
Sgeun un
etsduio de una uivenrsdiad ignlsea, no ipmotra el odren en el que las letars
etsan ersciats, la uicna csoa ipormtnate es que la pmrirea y la utlima ltera
etsen ecsritas en la psiocion cocrrtea. El rsteo peuden estar ttaolmntee mal y
aun pordas lerelo sin pobrleams
A pesar del completo “desorden”
léxico de este párrafo, donde más bien parece compuesto de pseudopalabras que
de palabras, somos capaces de “reconocer” cada palabra y extraer el significado
leyéndolo sin problemas. Comprendemos el sentido de cada palabra por el
contexto de cada frase y del párrafo. Activando mucho más conocimiento
implícito del que pensamos. Este hecho fue descrito por Roger Schank (1975) quién afirmaba que si
sumásemos el número de significados que posee cada una de las palabras que
componen este párrafo, su resultado siempre será menor al cómputo total de
ideas que el lector ha necesitado activar para comprender el mensaje.
Como hemos podido observar,
"comprendemos más" de lo que leemos de manera explícita. En
situaciones como estas, la información fluye sin necesidad de que se hagan
explícitas todas las ideas requeridas para comprender. La parte de información
omitida delega en las inferencias. Sin embargo, para que esta situación de
comunicación se desarrolle con éxito exige, al menos, dos requisitos
imprescindibles. El primero nos recuerda que el proceso de inferencias depende
completamente de que el sujeto posea conocimientos previos necesarios y
relacionados con lo que lee. No hay inferencias si no tenemos y activamos un
conocimiento previamente. Así, disponemos de conocimiento gramatical, del
significado de cada palabra, de la estructura organizativa del párrafo, de lo
que se refiere, etc. Pero, además, ese conocimiento, o al menos parte de él, debe
compartirse con el autor del escrito. Ambos, escritor y lector, deben
participar de un espacio común de conocimiento. No debemos olvidar que los
discursos se comprenden e interpretan porque se accede un conjunto de
conocimientos universales y compartidos sobre el mundo, sobre las acciones
humanas..., que está altamente organizado y almacenado en la memoria. Sólo así,
el texto puede cumplir los principios de relevancia, economía y coherencia.
Algo así como el poder expresar de la manera más concisa y precisa posible, la
información considerada como la más relevante. Ello simplifica, por fortuna, la
temible y engorrosa tarea que para el escritor supondría el tener que
explicitar todas y cada una de las ideas que se presuponen necesarias para
captar correctamente el mensaje. Como resultado de este acuerdo, las oraciones
explicitadas en el texto ofrecen claves suficientes para activar la información
relevante.
Algunos tipos de inferencias
Dada la enorme capacidad a priori de nuestra mente para generar
inferencias de todo tipo, un primer aspecto que conviene destacar es que el
estudio de las inferencias está sujeto a un determinado número de limitaciones
que producen sus consecuentes sesgos en su análisis e investigación. Uno de estos sesgos hace referencia a que no se
estudia “todo” tipo de inferencias. Las inferencias a las que nos venimos
refiriendo son las denominadas, de manera genérica, inferencias pragmáticas. Las inferencias pragmáticas se basan en el
conocimiento común de las personas y asumimos que algo puede ser cierto y
probable, aunque no tiene necesariamente que ser así. Por ejemplo, si leemos la
frase Sofía, muy enfadada, le dio al
perro la comida del invitado, de una
manera pragmática podríamos suponer que el invitado no llegó a tiempo o que,
finalmente, no asistió a la cena y eso explicaría el enfado de Sofía. Pero esto
no implica necesariamente que fuese así. Podría haber sucedido, por ejemplo,
que la comida no le hubiese salido a Sofía como a ella le hubiera gustado o
bien que el invitado, por alguna otra razón, rechazara la comida. Lo
característico de estas inferencias pragmáticas es que se acomodan a un saber
compartido por personas que pertenecen a una misma cultura, tienen una naturaleza probabilística y algunas
veces opcional, con lo que resulta difícil predecir qué inferencias pueden
llevarse a cabo ante la lectura de un texto (Escudero y León, 2007). Pero
tienen a favor su carácter espontáneo y sensible, así como la enorme rapidez
con la que se ejecutan. Comprobemos ahora este carácter espontáneo solicitando
de nuevo la atención del lector hacia esta misma frase modificando tan sólo el
orden de dos palabras y resultando de esta manera: Sofía, muy enfadada, le
dio al invitado la comida del perro. Invitamos al lector a sacar y contrastar con las
anteriores las nuevas inferencias que traten explicar esta nueva acción.
Volviendo sobre los tipos de
inferencias, cabe resaltar que una de las formas más características de
funcionamiento de nuestra mente trata de buscar desesperadamente un grado de
coherencia, de dotar de significado lo que lee, oye o siente. Esa coherencia se
suele lograr mediante el establecimiento de conexiones causales, algo inherente
a nuestra naturaleza humana. En realidad, estos ejemplos que hemos utilizado en
el párrafo anterior poseen, en mayor o menor medida, un componente causal donde
las inferencias tratan de conectar la información implícita proveniente de
nuestro conocimiento con la explicitada en el texto. Nos referimos a las inferencias causales explicativas y las inferencias causales predictivas. Las primeras buscan los
antecedentes causales (causa, razón o motivo) de un hecho o acción, respondiendo
a la pregunta ¿por qué?, integrando las distintas oraciones del
discurso, formando parte esencial de la comprensión (León y Peñalba, 2002).
Tienen carácter adaptativo, reducen la incertidumbre y suelen ser esenciales
para alcanzar la coherencia. Por estos motivos forman parte esencial de la
comprensión, así como de otros aspectos del razonamiento científico y de la
vida diaria. Se generan cuando se conecta la oración leída con el pasaje
previo, mediante redes y enlaces causales o también cuando se busca alguna
explicación de por qué los sucesos y acciones ocurren. Las inferencias causales
predictivas son anticipaciones de sucesos probables basadas en la aplicación de
nuestro conocimiento previo. Responden a la pregunta ¿qué pasará después?
Implican expectativas o consecuencias acerca de hechos, objetivos, acciones,
resultados o emociones, facilitando el procesamiento de la información
posterior en el mensaje (León, 2003).
El binomio mente-cerebro y su visión
neurológica
Hasta ahora hemos subrayado que el lenguaje es una propiedad funcional de
nuestra mente, como también lo es la comprensión y las inferencias. Pero aún
nos queda plantear la idea de si podría asumirse que el lenguaje, la
comprensión y la realización de inferencias son también parte de la actividad
cerebral. Sobre este punto existen importantes cuestiones que están siendo
objeto de debate y que inciden sobre la relación que guarda la mente con el
cerebro, sobre si el cerebro es el soporte físico o biológico de la mente,
sobre cómo se representa el lenguaje en el cerebro, sobre cuál es el sustrato
corpóreo de las inferencias o de si las inferencias o el lenguaje implícito
comparten o no las mismas áreas cerebrales que las del lenguaje. Todo ello nos
lleva a profundizar en esta estrecha relación cerebro-mente o mente-cerebro,
buscando posibles respuestas a estas cuestiones.
Dentro de la comunidad neurocientífica la posición más afianzada
actualmente sea la de asumir que, en términos generales, el cerebro constituye
el soporte físico de la mente, de la misma manera que el lenguaje o más bien su
actividad, se ve reflejada en él. Este hecho se amplia de manera decisiva
cuando en el año 2000 apreció publicado un estudio que se hizo famoso por
someter a diversos taxistas londinenses a una prueba de fMRI. En ese estudio
los investigadores encontraron que los taxistas más experimentados tenían el
hipocampo (la parte del cerebro que rige, entre otras cosas, las relaciones
espaciales) hasta un 25 por ciento más desarrollado que otras personas que no
se dedicaban a este tipo de tareas. Podríamos llegar a deducir entonces que
todo proceso mental que de él se derive dependerá de la propia estructura
cerebral y de la información que ésta reciba. O en otras palabras, que los
pensamientos hacen al cerebro lo que el viento a las dunas. Sin embargo, esta
afirmación tan cabal no parece tener un acuerdo unánime entre todos los
estudiosos del tema. De hecho, existe una corriente de pensamiento que cree que
los fenómenos psicológicos, aunque son funciones del cerebro, no tienen por qué
ser necesariamente idénticos a éste, y menos aún, piensan que el cerebro no
está capacitado para acceder al interior de la mente, no es un órgano
competente para desvelar la intimidad de la mente. Dicho de otra manera,
podríamos poner en cuestión como, por ejemplo, generar una abstracción mental o
una emoción de felicidad o tristeza tenga que ser necesariamente el resultado
de una actividad neuronal determinada. Pensar que un sentimiento tan nítido e
íntimo como el afecto que sentimos hacia nuestro pequeño hijo cuando nos
devuelve una sonrisa o cuando mantenemos una sesuda y discutida reflexión
acerca, pongamos por caso, de los distintos métodos de enseñanza de la lectura,
puedan, en ambos casos, inducirse mediante una activación neuronal o por un
cúmulo de reacciones neuronales en distintas partes de mi cerebro, lo que puede
resultarnos excesivamente reduccionista. De la misma manera, generar la
inferencia pragmática de que Sofía en el fondo sea muy mala cocinera y
pueda ser explicada bajo la actividad electro-química que una agrupación de
neuronas corticales que se produzca en un área determinada del cerebro, puede
pecar de “localizacionismo”. Es evidente que resulta difícil reducir la mente,
la consciencia o el comportamiento humano a una actividad neuronal. Lo cierto
es que sabemos muy poco de cómo nuestro cerebro genera la mente, y no poseemos
aún de una teoría capaz de unificar el funcionamiento neuronal, el proceso
mental y la conducta.
Pero a pesar de ello, desde hace muchos años se viene estudiando el
cerebro desde dos diferentes perspectivas diferentes y que hasta hace muy poco
no se han conseguido aunar. Un primera, más microscópica y reduccionista, se ha
interesado en analizar de manera minuciosa la composición estructural del
cerebro así como su actividad, lo que ha permitido corroborar que los cerebros
de los animales coinciden en esa composición estructural y en su actividad,
llegando a postular modelos de funcionamiento cerebral común a todos ellos.
Aunque esta visión del cerebro resulta extraordinaria para analizar su
composición, estructura y funcionamiento, no recala, sin embargo, en una
información suficiente como para establecer una relación cerebro-mente. Por
ello, hay una segunda perspectiva de carácter más macroscópico y conductual que
ha indagado directamente sobre la correlación entre cerebro-mente, entre la
actividad cerebral y la conducta. Como es sabido, esta segunda perspectiva se
inició a partir del siglo XIX con el estudio de la semiología de diferentes enfermedades
neurológicas, analizando la posible relación existente entre lesiones
cerebrales localizadas que sufrían pacientes y la alteración específica que
estas lesiones producían sobre las funciones mentales y sobre la conducta de
esos mismos pacientes. El cerebro y la mente que hasta ese momento era ámbito
exclusivo de la filosofía y la literatura, se convirtieron en objeto de estudio
para otros investigadores. Como ejemplos notables cabe destacar los estudios
que Pierre Paul Broca (1824-1880) y Karl Wernicke (1848-1904) realizaron sobre
las afasias, en las que lesiones producidas en una parte del sistema nervioso
producía trastornos en el lenguaje. Fue precisamente Pierre Paul Broca en 1861 el primer
investigador que escribió y presentó un artículo muy breve en la Société Anthropologique de Paris, en el
que describía a un único paciente con daño cerebral, quién a pesar de mantener
intacta su habilidad para comprender el lenguaje era, sin embargo, incapaz de
hablar. Con esta afirmación, Broca se adentraba por primera vez en la relación
cerebro-mente, en el que una función cognitiva de alto orden, la facultad del
lenguaje articulado, podría localizarse en un área particular del cerebro. Los
descubrimientos de Broca fueron ampliándose a otros pacientes con lesiones
cerebrales similares. Obviamente, este tipo de “localizacionismo” fue criticado
y contrarrestado por otros autores, bien presentando a pacientes con déficits
de producción no tenían afectado el área de Broca, o bien estudiando a
pacientes con déficits en el área de Broca no presentaban, sin embargo,
desajustes en el habla articulatoria (Brown-Sequard, 1877).
Con el advenimiento
de métodos no invasivos en la última parte del siglo XX capaces de medir
funciones cerebrales como la técnica de resonancia magnética funcional (RMf, fMRI en inglés) o también
denominada neuroimagen funcional, se renovó el interés de los procesos neuronales que subyacen al
lenguaje. Al igual que los estudios iníciales neurológicos, la neuroimagen
inicial se centró en un mapa anatómico de las funciones cerebrales que
especificaran sobre aéreas corticales. Pero esta vez, ya no se requiere
necesariamente evaluar a personas que padecen una lesión cerebral, sino que
puede someterse a personas sanas a las que se les analiza la activación
cerebral mientras realizan una tarea específica. Surge así una nueva
visión integradora y multidisciplinaria de la neurología partiendo de la vieja
idea de que las actividades cognitivas son, en última instancia, actividades
del sistema nervioso. Es decir, acceder al estudio de las funciones cerebrales
a partir del conocimiento físico y químico de las neuronas, de su actividad y
de sus conexiones.
La neurociencia plantea de esta manera una nueva forma de aproximarse al
estudio del cerebro, basada en esta hipótesis de trabajo de binomio cerebro y
mente. Esta aproximación al estudio cerebral ha promovido un cambio radical en
la concepción tradicional del cerebro y la mente, en el que diferentes
investigadores procedentes de diferentes áreas de la ciencia están concentrando
sus esfuerzos en el análisis neurobiológico de los procesos mentales. A esta
nueva propuesta de búsqueda de una teoría unificadora ha contribuido de manera
significativa la incorporación de herramientas nuevas de estudio, que incluyen
las técnicas de neuroimagen funcional y los sistemas informáticos, que han
permitido desarrollar modelos matemáticos que tratan de analizar y simular la
función global del cerebro.
La neuroimagen, por ejemplo, es una técnica que permite explorar el cerebro
humano intacto al mismo tiempo que analiza las variaciones de la actividad
funcional de las neuronas en los procesos mentales específicos del ser humano.
De este modo, no sólo se exploran las áreas cerebrales implicadas en funciones
mentales sino que, además, se pueden relacionar con cualquier actividad
emocional e intelectual del sujeto consciente (e.g., pensamientos, emociones,
procesos de razonamiento, de comprensión, de inferencias). La actividad
neuronal se registra a través de cambios en el flujo sanguíneo o en el
metabolismo. Este tipo de métodos se denominan hemodinámicos, porque detectan
cambios en el flujo sanguíneo o en el metabolismo cerebral que acompañan a la
actividad neuronal. Su resolución espacial es muy alta por lo que es posible localizar
áreas cerebrales con precisión anatómica, informándonos con precisión dónde
ocurre el proceso cerebral. A partir de los datos directos o indirectos de la
actividad neuronal que proporcionan esta técnica puede dibujarse un mapa del
cerebro.
La neuroimagen funcional también ha supuesto un avance esencial ha sido
en el estudio del lenguaje. La posibilidad de explorar en una persona
consciente la actividad cerebral y relacionarla con tareas que exploran
diferentes aspectos del lenguaje ha permitido re-evaluar las teorías clásicas
del lenguaje, basadas en modelos de estimulación o de lesiones en el cerebro
humano. Hoy conocemos áreas cerebrales que participan en el procesamiento de
distintos aspectos del lenguaje, áreas temporales basales y mediales en los
aspectos semánticos, y otras áreas frontales en los aspectos sintácticos. En
relación con el estudio de la lectura,
este tipo de estudios permiten dibujar lo que Ardila (2008) denomina el
“sistema cerebral de la lectura”, esto es, se trata de un sistema formado por
diversos componentes cerebrales que tienen que ver con la lectura. Entre las
áreas que lo forman se encuentran áreas del lóbulo occipital responsables del
reconocimiento visual de letras y palabras, zonas parieto-temporo-occipital que
participan en las asociaciones entre información visual y auditiva, y áreas del
lóbulo temporal responsables del reconocimiento de las palabras, entre otros.
En definitiva, todas las regiones cerebrales necesarias para reconocer el
lenguaje escrito.
Otra de las aportaciones importantes de la neuroimagen al estudio del
lenguaje ha sido la de conocer de manera más precisa la participación del
hemisferio derecho, responsable del componente afectivo que incluye la
entonación, acentuación y el ritmo del lenguaje, así como la capacidad plástica
de asumir las funciones de hemisferio dominante en niños y adolescentes cuando
se produce una lesión en el hemisferio izquierdo. Particular interés poseen los
estudios de neuroimagen que abordan el desarrollo del niño, en los que se ha
observado un aumento progresivo de la actividad metabólica cerebral desde el
segundo año de edad hasta los diez años, y que disminuye en la adolescencia.
Este aumento del metabolismo se relaciona con una alta actividad sináptica, lo
que podría explicar que en la infancia el cerebro posee una capacidad de
re-organización de las áreas de lenguaje ante una lesión en el hemisferio
izquierdo, o que la capacidad de aprendizaje de una nueva lengua en esta edad
sea óptima.
¿Existe un sustrato
corpóreo de las inferencias y del discurso?
Ahora bien, si en algo están ayudando los estudios de neuroimagen en el
ámbito de los procesos de comprensión es a conocer la actividad inferencial y
las áreas cerebrales responsables. A este respecto, los estudios procedentes de
la neuropsicología y de la resonancia magnética funcional han proporcionado
indicios importantes sobre las áreas cerebrales que están implicadas en la
generación e integración de las inferencias causales. Los estudios basados en
lesiones cerebrales han identificado tradicionalmente al hemisferio derecho
como el responsable de la elaboración de inferencias, así como en otros
procesos de orden superior tales como la interpretación de bromas o chistes
(Shammi y Stuss, 1999) y metáforas (Winner y Gardner, 1977). Se ha observado,
asimismo, que en pacientes con lesiones en el hemisferio derecho producen con
cierta frecuencia un habla que es socialmente inadecuada con relaciones poco
significativas entre las oraciones, incluso cuando otros aspectos de la comprensión
del lenguaje y la producción son normales (Joanette y cols., 1990). Estos datos
contrastan con los síndromes clásicos de afasia asociados a lesiones en la
corteza izquierda perisylviana y entre cuyos problemas clínicos destacan los
que afectan especialmente al nivel de generación y/o comprensión de palabras
individuales y oraciones (Caplan, 1992). Existen estudios de pacientes con
lesiones en el hemisferio derecho que muestran ciertas anomalías en la
comprensión del discurso que requiere la generación de inferencias causales
para el establecimiento de la coherencia (Beeman, 1993; Brownell y cols.,
1986). Por ejemplo, Beeman (1993) afirma que este tipo de pacientes comete
errores a la hora de generar inferencias cuando se les hace preguntas de comprensión
explícita y son más lentos que los sujetos control en tareas de decisión
léxica. De hecho, este autor sostiene que, frente al papel dominante del
hemisferio izquierdo en gran parte de las tareas de lenguaje, a medida que la
comprensión requiere de la participación de procesos cada vez más complejos, el
hemisferio derecho juega un papel fundamental. Este autor, incluso, identifica
al menos tres componentes en el hemisferio derecho esenciales en el
procesamiento semántico y con un alto componente interactivo, que juegan un
papel central en la comprensión de información compleja (Beeman, 2005).
En suma, los estudios de neuroimagen sobre procesamiento del discurso han
implicado a múltiples áreas de ambos hemisferios en el establecimiento de la
coherencia del discurso. Estudios que han comparado la lectura de historias,
palabras no relacionadas y oraciones sin relacionar (Fletcher y cols., 1995; Xu
y cols., 2005) han destacado el papel de regiones fuera de la corteza
perisylviana izquierda en procesos del lenguaje de alto nivel, incluyendo la
corteza temporal anterior bilateral (Fletcher y cols., 1995), la corteza
prefrontal media (Callagher y cols., 2000) y áreas temporales y prefrontales
dentro del hemisferio derecho (Xu y cols., 2005). Otros estudios con fMRI donde
se ha comparado la activación cerebral ante textos coherentes e incoherentes
han implicado también al hemisferio derecho en el establecimiento de la
coherencia de discurso, apoyando parte de la literatura neuropsicológica (St
George y cols., 1999).
Otra de las aportaciones más reciente de esta técnica es referente a la
actividad inferencial, que también se produce de manera bilateral en el área de
Broca y su homóloga en el hemisferio izquierdo. Se confirman los datos
cronométricos en el sentido de que la activación de las causales antecedentes
se produce con anterioridad a las predictivas. Ambas regiones están asociadas
con procesos semánticos y sintácticos dando apoyo a otras funciones
lingüísticas generales. Estudios previos señalan que la activación de las
inferencias está relacionada con la selección semántica relacionada con estas
inferencias. El papel del área de Broca y su homóloga puede incluir también la
evaluación de juicios causales. Hay otras áreas cerebrales también relacionadas
con la activación de estas inferencias como son el área bilateral de la zona
frontal media que relaciona con el control de los estados mentales de los
protagonistas de las historias leídas (teoría de la mente), el área de Wernicke
y su homóloga del hemisferio derecho, ambas implicadas en los procesos de
integración del texto y de la activación semántica más automática, coincidiendo
con otros autores (León, Escudero, Prat, Mason y Just, en revisión; Singer y
León, 2007).
A modo de conclusión e implicaciones
educativas
La incorporación de las técnicas de neuroimagen ha supuesto un salto
cualitativo en el abordaje experimental del cerebro, y ha contribuido a definir
patrones básicos de funcionamiento cerebral que han revolucionado la concepción
de nuestro cerebro y lo está haciendo acerca del lenguaje, la comprensión y la
realización de inferencias. Sin embargo, en esta búsqueda de patrones de
actividad neuronal que se correlacionen con la conducta, nos encontramos con
territorios poco conocidos, como las emociones o la experiencia subjetiva.
Además, y a pesar de la gran información existente, no se ha podido definir una
teoría capaz de unificar el funcionamiento neuronal y la conducta. Hay también
otras limitaciones. Por muy sencilla que sea la tarea cognitiva que trata de
observarse y aun conociendo con exactitud las conexiones y proyecciones
anatómicas implicadas en las mismas, las técnicas de neuroimagen han puesto de
manifiesto que los mapas funcionales no son una foto fija de una región
específica cerebral, sino que la actividad neuronal puede variar
significativamente dependiendo del contexto en el que se produce el
procesamiento de la información. Incluso el mapa cerebral de dos sujetos que
responden a un mismo estímulo puede ser diferente. Este es, sin duda, el gran
reto de la neurociencia del siglo que vivimos, hallar nuevos modelos de
análisis de la actividad cerebral que nos permitan acceder al funcionamiento
íntimo del cerebro y desvelar el salto entre el nivel neuronal y la conducta.
En este reto la neuroimagen, creemos, va a jugar un papel destacado con el
desarrollo de nuevos modelos dinámicos en los que, a partir de la
sincronización y el acoplamiento de la actividad neuronal, surja un fenómeno
emergente que no es la mera suma de las partes, sino una entidad distinta y
única.
Al igual que los
estudios iníciales neurológicos, la neuroimagen inicial se centró en un mapa
anatómico de las funciones cerebrales que especificaran sobre áreas corticales
(Desikan et al., 2006). Este tipo de mapas señalan dos puntos muy importantes.
Primero, que el lenguaje no se limita a las áreas clásicas de Broca y Wernicke.
De hecho, se introducen la mayor parte de áreas corticales de los dos
hemisferios tanto como otras regiones subcorticales. Segundo, no existe una sola
área del cerebro dedicada específicamente al lenguaje, sino que todas estas
áreas también están implicadas en otras funciones no lingüísticas relacionadas
con el control cognitivo, memoria, atención, percepción o acción. Estos dos
puntos proporcionan un cambio principal en la investigación neurolingüística,
reconociendo la necesidad de ir más allá de crear un mapa de funciones
cognitivas dentro de la neuroanatomía (mapa cerebral) más hacia una comprensión
sistemática del procesamiento de la información neuronal que subyace al
lenguaje.
Todo
ello conlleva distintas implicaciones educativas sobre la lectura, sobre la
comprensión y sobre las inferencias. Muy probablemente, el hecho de que los dos
hemisferios se activen ante un proceso de comprensión o de realización de
inferencias indica que estamos ante actividad muy compleja e interactiva, ante
un proceso constructivo, en el que la información de un estímulo o evento se
empareja con otra información existente en la memoria del lector para dar una
respuesta coherente. Esto implica que la comprensión se obtiene mediante
diferentes procesos cognitivos y actividades que incluyen ,además de la
decodificación de la palabra, el acceso léxico o el procesamiento sintáctico,
la realización de múltiples inferencias que conectan conocimiento implícito del
lector, estrategias de lectura y múltiples actividades posteriores que deben
ser capaces de responder a una variedad de situaciones que demandan
conocimiento acerca de un tema o contenido determinado, tales como explicar,
encontrar evidencia y ejemplos, generalizar, aplicar, establecer analogías y
representar este tema o contenido de una forma nueva.
De manera también plausible puede
asumirse que el hecho de que ante la comprensión se activen diferentes partes
del cerebro muy ligadas a tipos de conocimientos diferentes como puede ser el
léxico, la teoría de la mente, espacial, semántico, etc., puede ser indicativo
de que la comprensión o la realización de inferencias también exige de
diferentes tipos de conocimientos (tanto lingüísticos como no lingüísticos) que
pueden producir, incluso diferentes tipos de comprensión. De esta manera,
podemos decir que comprender un texto narrativo podría requerir de patrones de
comprensión diferentes que, pongamos por caso, un texto expositivo como un
libro de matemáticas. Los tipos de texto pueden generar, por tanto, diferentes
tipos de conocimientos y éstos, a su vez, producen distintos tipos de
comprensión. Esta concepción interactiva de la lectura implica, por lo tanto,
muchos tipos de conocimientos y comprensión aplicados a diferentes tipos de
textos, abordando, además, dos tipos de comprensión lectora, una más explícita,
que afecta a la información del texto fundamentalmente, y otra, que afecta a la
información implícita que requiere de los conocimientos del lector e
integrarlos con los que ya le ofrece el texto. Una última apreciación tiene que
ver con la desmotivación del alumno. Resulta plausible pensar que si en el
ámbito educativo se promueve la comprensión, ello implicaría un extra de
motivación intrínseca en el alumno, puesto que lo que se comprende seduce más
alumno y lo hace más participe de lo que viene siendo habitual.
Bibliografía
Ardila, A. (2008). ¿Qué puede localizarse en el cerebro? Ciencia Cognitiva: Revista Electrónica de
Divulgación, 2:2, 53-55.Barcelona: Avesta.
Beeman, M. (1993).
Semantic processing in the right hemisphere may contribute to drawing
inferences during comprehension. Brain
and Language, 44, 80–120
Beeman, M. (2005).
Bilateral brain processes for comprehending natural language. TRENDS in Cognitive Sciences, 9 (11),
512-518.
Broca, P. (1861).
Remarques sur le siège de la faculté du langage articulé: suivies d´une
observation d´aphemie. Bull Soc Anat Paris, 6, 330-357.
Brownell, H.H.,
Potter, H.H., Bihrle, A.M., & Gardner, H., (1986) Inference deficits in
right brain-damaged patients. Brain and
Language, 27, 310–321.
Brown-Sequard, C.E.
(1877). Aphasia as an effect of brain disease. Dublin Journal Medical Science 63, 209-225.
Bruner, J.S. (1957).
Going beyond the information given. En H.E. Gruber, K.R. Hammond y R. Jessor
(Eds.), Contemporary approaches to
cognition (pp. 41–69). Cambridge, MA: Harvard
University Press.
Caplan, D., (1992). Language Structure, Processing and Disorders.
MIT Press, Cambridge, MA.
Escudero, I. y León, J.A. (2007). Procesos inferenciales en la
comprensión del discurso escrito. Influencia de la estructura del texto en los
procesos de comprensión. Revista Signos: Estudios de Lengua y
Literatura, 40 (64), 311-336.
Fletcher, P.C.,
Happe, F., Frith, U., Baker, S.C., Dolan, R.J., Frackowiak, & R.S., Frith,
C.D., (1995). Other minds in the brain: a functional imaging study of “theory
of mind” in story comprehension. Cognition,
57, 109–128.
Gallagher, H.L.,
Happe, F., Brunswick,
N., Fletcher, P.C., Frith, U., & Frith, C.D., (2000). Reading the mind in cartoons and stories: an
fMRI study of ‘theory of mind’ in verbal and nonverbal tasks. Neuropsychologia, 38, 11–21.
Joanette, Y., Goulet,
P., & Hannequin, D., (1990). Right
Hemisphere and Verbal Communication. Springer-Verlag,
New York.
León, J. A. (2004). Adquisición de Conocimiento y comprensión:
Origen, evolución y método. Madrid: Biblioteca Nueva.
León, J.A. (Coord.) (2003). Conocimiento y Discurso. Claves para
inferir y comprender. Madrid: Pirámide.
León, J.A. Escudero, I., Prat, Ch. & Just, M. (en prensa). Cortical networks in implicit
language comprehension. An fMRI study. Brain
and Language.
León, J.A. y
Escudero, I. (2002). La memoria de trabajo y el procesamiento de
inferencias en la comprensión del discurso. En M.D. Sainz, J. Fuentes, J.
Baqués y J. Sáiz (Coords.), Psicología de la memoria: Aportaciones recientes
(pp. 25-34).
León, J.A. & Peñalba, G. (2002). Understanding causality and temporal sequence
in scientific discourse. En J.C. Otero, J.A. León, y A.C Graesser (Eds.), The
Psychology of the scientific text (pp. 155-178) Mahwah, Nueva Jersey:
Lawrence Erlbaum Associates.
Schank, R.C. (1975).
The role of memory in language processing. En C. Cofer y R. Atkinson (Eds.), The nature of human memory. San
Francisco: Freedman. (Trad. Cast.: Estructura de la memoria humana. Barcelona: Omega, 1979).
Shammi, P., &
Stuss, D.T., (1999). Humour
appreciation: a role of the right frontal lobe. Brain, 122 (4), 657–666.
Singer, M., &
León, J.A. (2007). Psychological studies of higher language processes:
Behavioral and empirical approaches. En Franz Schmalhofer y Charles A. Perfetti
(Eds.), Higher level language processes in the brain: Inference and
Comprehension processes (pp. 19-35). Mahwah, Nueva Jersey: Lawrence Erlbaum
Associates.
St George, M., Kutas,
M., Martinez,
A., & Sereno, M.I., (1999). Semantic integration in reading: engagement of
the right hemisphere during discourse processing. Brain, 122, 1317–1325.
Wernicke, C. (1874). Der aphasiche symptomenkomplex. Cohen
and Weigert, Wroclaw.
Winner, E., &
Gardner, H., (1977). The comprehension of metaphor in brain damaged patients. Brain, 100, 719–727.
Xu, J., Kemeny, S.,
Park, G., Frattali, C., & Braun, A., (2005). Language in context: emergent
features of word, sentence, and narrative comprehension. NeuroImage 25, 1002–1015.
[1] Este artículo ha sido publicado en León, J. A.
(2009), Neuroimagen de los procesos de comprensión en la lectura y el lenguaje, Psicología Educativa, 15, 1, 5-12.
|
|