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Resumen: La concepción actual de la competencia
lectora se ha modificado extraordinariamente durante las últimas décadas. Más
que asumirse dentro de la etapa inicial de la adquisición lectora, el estudio
de la lectura afecta a todo el ciclo vital. En este trabajo se analiza esta
nueva concepción de la competencia lectora basada en los tipos y niveles de
conocimiento, y se plantean algunas cuestiones relativas a la función del
psicólogo dentro de este nuevo planteamiento.
Palabras claves
Comprensión lectora, competencia lectora, tipos de conocimientos, estrategias,
tipos de textos, diseño de textos, modelos de intervención educativa.
Abstract: The current conception about literacy and reading comprehension has
been changed extraordinarily in the last decades. Today its study is more
closed to lifespan conception than a reading adquisition period only. In this
work the reading comprehension and literacy are analyzed based on in this new
conception, in different levels and types of knowledge and proposed it several
questions about the psychologist role into of it.
Keywords Reading comprehension, Literacy, types of knowledge, reading strategies,
types of texts, text design, reading intervention models.
Hace relativamente poco tiempo que venimos constatando un
mejor entendimiento de los numerosos y complejos procesos mentales y
contextuales que intervienen en la lectura, lo que nos está haciendo modificar
poco a poco su concepción inicial. De manera general, podríamos señalar que ha
habido un cambio paulatino en la concepción de la lectura al pasar de un
enfoque casi exclusivamente centrado en la adquisición de las habilidades más
básicas en el inicio del proceso lector y en aspectos más relacionados con las
disfunciones que pudiesen producirse en ese período, a otra concepción más
amplia, puesto que abarca prácticamente a todo tipo de lectores y que se
centra, fundamentalmente, en los procesos de comprensión. De manera paralela,
este cambio en la concepción de la lectura está afectando también a la forma de
evaluarla. Así, puede observarse cómo en estos últimos años se ha venido
produciendo un profundo cambio en la manera de evaluar y valorar los diferentes
aspectos que intervienen en la lectura. Si bien inicialmente la evaluación se
dirigía casi exclusivamente a evaluar las habilidades más básicas de los
jóvenes lectores, el interés se ha ido desplazando en los años noventa hacia
otras que miden el grado con el que los estudiantes dominan sus respectivos
currículos (e.g., el estudio TIMSS, INCE, 1997), para finalizar en estos
últimos años en actividades dirigidas a evaluar cómo las personas somos capaces
de aplicar conocimientos y destrezas ya adquiridas a situaciones “más
abiertas”, más cotidianas y aptas para la vida (véase a este respecto el
informe PISA, INCE, 2003).
Actualmente, tanto la concepción lectora como su
evaluación, se han ampliado hasta tal punto que hoy constituyen lo que se
denomina como la “cultura lectora”, como una habilidad básica sobre la que se
desarrolla toda una actividad cultural, mediante la cual las personas nos
desenvolvemos y aplicamos nuestros conocimientos y estrategias lectoras en
múltiples contextos de la vida diaria de manera más o menos eficiente. La
lectura ya no se identifica tanto con la decodificación del material escrito y
su comprensión literal o con aquella habilidad simplista de leer y escribir per
se, sino como sinónimo de una comprensión profunda, de saber utilizar y
reflexionar sobre lo que se lee en base a alcanzar los objetivos y metas
propuestos por el lector, ampliar sus conocimientos e, incluso, ser socialmente
más participativo. Esta perspectiva de la lectura es la que asumiremos aquí y
que identificamos como competencia lectora.
Punto de partida
Esta estrecha relación entre lectura y comprensión nos
plantea cuestiones acerca de cómo abordar un viejo problema aún no resuelto y que
atañe muy especialmente al ámbito académico, aunque también al laboral. Este
antiguo problema se podría resumir en cómo los alumnos a pesar de que saben
leer, no comprenden lo que leen o, cómo a pesar de que dedican tiempo y
esfuerzo a desarrollar tareas escolares, no consiguen adquirir nuevos
conocimientos de manera eficiente. La base de esta cuestión es enormemente
compleja ya que alude a múltiples factores que afectan a todo el sistema
educativo. Uno suele preguntarse cómo, al igual que existe un momento (aunque
extraordinariamente escueto en nuestra vida académica) en el que dedicamos
todos nuestros recursos al aprendizaje de la lectura y escritura, no exista
otro igual en el que se instruya eficazmente sobre cómo esos mismos mecanismos
de la lectura y escritura permitan acceder, comprender y aprender nuevos
conocimientos, para extraer con éxito el contenido de cualquier fuente de
información.
Hace ya algún tiempo que apuntábamos alguna referencia en
esta misma dirección refiriéndonos a la lectura de la prensa (véase León, 1996)
o a la incidencia de las nuevas tecnologías en el aprendizaje (Vizcarro y León,
1998). En estos estudios se analizaban dos factores estrechamente relacionados.
Por un lado y como es bien sabido, la cultura icónica ha proliferado de manera
exponencial en los últimos años y con ella, también crecen hábitos de ocio
alternativos como los videojuegos, Internet o la televisión en detrimento de la
lectura. Por otro, que la incidencia de estos factores culturales de carácter
icónico están afectando a otros de carácter cognitivo y cuyo déficit produce
efectos tales como un esfuerzo desmedido al leer o una incapacidad de
concentración. Este hecho puede estar incidiendo (aunque creemos que sólo en
parte) en la creación de un tipo particular de lector, el lector perezoso,
capaz de descifrar pero no de leer, capaz de memorizar pero incapaz de
comprender (León, 1996). El problema en el que se cristaliza este lento
trasvase de hábitos de ocio es que acaba constituyendo un círculo vicioso en el
se produce un abandono progresivo de la lectura como consecuencia de un menor
entrenamiento lector y de un aumento de la dificultad comprensiva, lo que
conlleva, a su vez, a una actitud negativa hacia la lectura que invita a un
mayor abandono de la lectura,...
Aunque la solución no resulta fácil de encontrar, baste
señalar aquí que cualquier forma de mitigar este problema de comprensión tan
enquistado, pasa obligatoriamente por una concepción psicológica y educativa de
la lectura muy distinta de la actual, de ofrecer situaciones de aprendizaje
que, mejoradas por la enseñanza explícita, incidan en tareas que exijan
reestructuración cognitiva, tareas que conlleven una actividad mental reflexiva
sostenida, y que afecte tanto a las actividades desarrolladas en el aula (y
fuera de ellas), como a los tipos y diseños de los materiales didácticos con
los que se enfrentan los alumnos. Pero para llevar a cabo este objetivo tan
importante, debemos tener presente que este problema nos atañe a todos los
docentes y especialistas, tanto los que pertenecen a la enseñanza primaria y
secundaria, como los que nos dedicamos a la enseñanza universitaria. Como
veremos más adelante, este problema de la comprensión se ha extendido también
por todo el ámbito universitario y suele ser un común denominador del fracaso
académico en cualquiera de sus fases y desarrollo. Es más, este problema
también ha transcendido al ámbito extraacadémico, convirtiéndose también en un
problema social y laboral. Por ello, las dificultades lectoras corresponden a
un problema enormemente complejo que afecta de manera transversal a muchas
personas y en cuyo estudio están implicadas múltiples áreas de conocimiento y
también, como no, múltiples especialistas.
La lectura y su concepción
tradicional
El problema al que hemos mencionado no tiene una solución
fácil. Se trata de un problema enquistado que afecta a un amplio sector de la
población y cuya solución requiere inicialmente de una concepción radicalmente
diferente de la lectura, de su concepción psicológica y educativa y de una
implicación en ella más allá de los primeros cursos de primaria.
Actualmente, en el mundo educativo la concepción de la
lectura sigue anclada en un pasado quizás demasiado lejano. Pero lo que llama
poderosamente la atención es que esta concepción suele ser el denominador común
en todos los ámbitos educativos. Ya en la universidad son frecuentes algunos
comentarios entre profesores acerca de cómo sus alumnos universitarios no saben
expresarse correctamente y se preguntan cómo han podido sortear los controles
de secundaria. Comentarios parecidos
pueden escucharse en secundaria cuando los profesores imbuidos en los
contendidos de sus asignaturas se preguntan como una buena parte de sus alumnos
no entienden tales contenidos, cómo no poseen aún las herramientas básicas
necesarias para leer correctamente quejándose, igualmente, de la permisidad con
la éstos alumnos acceden a secundaria. Así seguiríamos en la cadena educativa
descendente hasta dar con los “verdaderos” culpables: Los profesores del primer
curso de Primaria. Ellos son los que, a juicios de los demás profesores, tienen
la responsabilidad de enseñar todas estas herramientas básicas de la lectura,
sin reparar en que tales estrategias básicas no son suficientes para alcanzar
un nivel de competencia adecuado y que su implicación, la implicación de cada
docente, resulta esencial para ese largo y duro proceso de adquisición de una
competencia lectora eficiente. La concepción educativa que se desprende de
estos comentarios acerca de la lectura y de la forma en que se adquiere se
asemeja a la forma en que cargamos un nuevo programa en nuestro ordenador. En
otras palabras, la lectura se asume como una actividad meramente instrumental,
que se “instala” de una vez y para siempre en el primer curso de primaria y
que, una vez instalada, debería funcionar de manera correcta en cualquier
contexto o situación.
Excepto en contadísimos casos, la concepción más extendida
que tienen los psicólogos esta muy pareja a esta perspectiva educativa. La
lectura suele identificarse con el lenguaje y su desarrollo (adquisición
lectora), y sus desarreglos suelen asociarse a una disfunción o dificultad
producida por causa orgánica u conductual (e.g., dislexias). Se busca así una
causa clínica que afecta a los niveles iniciales del desarrollo de la lectura,
en su fase de adquisición. Aunque es cierto que puede ser uno de los problemas
reales, su repercusión y su representación resulta insignificante si la
comparamos con todo el proceso de adquisición de la lectura. Esta concepción
queda aún más desplazada si admitimos que, en los últimos años, este problema
adquiere una nueva cara con la llegada masiva de nuevos alumnos cuyo problema,
más que asociarse a una disfunción, es más bien la de integrase a una cultura y
educación a la que inicialmente no pertenecen como consecuencia de una
emigración obligada. En otros muchos casos, el problema viene de la propia
desmotivación del alumno como consecuencia de un desajuste en el contexto donde
se produce y de las demandas que se le solicitan.
Actualmente la lectura, lejos de esta concepción educativa
y psicológica que acabamos de señalar, se identifica como un proceso
enormemente complejo, en el que entran en juego un importante grupos o niveles
de representación, tipos de conocimiento, estrategias, motivación, planes de
escritura,...), y que afecta a todo el ciclo vital. Es más, el proceso de
lectura no se acaba nunca pues continua desarrollándose a lo largo de la vida.
Este proceso de lectura se complica aún más pues también implica una amplia
actividad interactiva, ya sea entre la información entrante y la disponible, ya
sea entre los distintos niveles de procesamiento (desde los más superficiales
como el acceso léxico a otros que conllevan la actividad semántica y
significativa), ya sea entre los distintos tipos de conocimiento y entre los
distintos tipos de comprensión. Todo para conseguir el valor mas preciado de la
lectura. Comprender lo que se lee y extraer así el significado.
Una concepción alternativa de
la lectura
De manera general, las teorías y modelos psicológicos más
actuales tratan de explicar la lectura aludiendo al fenómeno de la comprensión,
asumiendo además la participación de diversas estructuras mentales que, como la
memoria o la percepción, producen ciertas limitaciones de procesamiento en la
información obtenida. Por otro lado, estas teorías y modelos tratan de analizar
también las diferentes operaciones mentales que, como los tipos de
representaciones o estrategias, el lector obtiene fruto de lo que lee y de lo
que aporta desde sus conocimientos. Las conclusiones a las que se llegan tratan
de ser confirmadas de manera empírica evaluando la influencia de factores tales
como el contexto, las metas del lector o la influencia de las características
del texto o de la tarea.
Hoy se asume que comprender un texto, sea cual sea la
naturaleza de éste, implica sobre todo impregnarnos de su significado,
extraerlo y hacerlo consciente en nuestra mente. Para completar este proceso,
nuestra actividad mental se ocupa de dotarle de coherencia, esto es, de cierta
lógica o sentido válido para poder ser entendido e interpretado. Pero esta
extracción del significado conlleva transformar, por así decirlo, los símbolos
lingüísticos en símbolos mentales y generar diferentes representaciones
mentales de naturaleza abstracta (e.g., proposicional, conceptos, relaciones
entre conceptos). Todo ello supone un importante esfuerzo, porque nos obliga a
realizar múltiples subprocesos que deben darse conjuntamente, mediante los
cuales integramos información léxica, sintáctica, semántica, pragmática,
esquemática e interpretativa
(León, 1996), a la vez que volcamos buena parte de nuestros
conocimientos previos con el objeto de dotar de coherencia, de cierta lógica,
de un contexto o de un hilo argumental lo más apropiado posible sobre aquello
que leemos.
Recientemente, lo que viene constituyendo el corazón del
debate en los círculos de la comprensión es vincularla con esta actividad
inteligente como resultado de un razonamiento orientado a la necesidad de
establecer, en todos los niveles, la integración de relaciones de coherencia
posible entre las diferentes partes del texto. Por ejemplo, Singer, Graesser y
Trabasso (1994) conciben la comprensión de un texto como un proceso de naturaleza
explicativa. Todo ocurre como si el lector buscase permanentemente respuestas a
la pregunta ¿por qué? Este procedimiento resulta necesario para construir una
representación globalmente coherente y, en este caso, causalmente coherente.
Al igual que ocurre con la escritura o con el aprendizaje,
la lectura y la comprensión son claros ejemplos de procesos enormemente
complejos que requieren de un largo camino para alcanzar un nivel de
competencia adecuado. La comprensión de un texto implica una actividad
cognitiva importante, un esfuerzo que requiere de las demandas mentales más
exigentes. Tanto es así que, dependiendo de que todos o sólo algunos de esos
procesos se pongan en funcionamiento, podemos hablar de una comprensión
profunda o de una comprensión superficial. La obtención de una comprensión del
texto en su nivel más profundo requiere que el lector agregue información
complementaria de su propio conocimiento, con el objeto de verter aquella
información que no fue explicitada en el texto y hacerla coherente. Este
proceso permite al lector integrar, a través de la realización de inferencias y
de su actividad reflexiva, la información del texto con el resto de su
conocimiento. Este nuevo conocimiento resultante es lo que denominamos modelo
mental que, en una situación ideal, resulta aplicable a nuevas situaciones en
las que el lector puede resolver problemas no anticipados. Durante todo este
proceso, el control de la comprensión de las palabras y oraciones, la detección
de problemas de comprensión y de las acciones para resolverlos, se convierten
también en otros elementos indispensables que, denominados genéricamente
conciencia metacognitiva, también forman parte de la estrategia de lectura.
Esta estrategia metacognitiva es de tal importancia que hace que el profesor o
escritor interesado en mejorar dichas estrategias en sus alumnos o lectores,
deba conocerlas previamente.
Tipos de conocimientos y
tipos de comprensión
Cuando se habla de comprensión se suele aludir a una
categoría única, a un concepto singular que encierra todas sus posibles
acepciones. Algo similar ocurre con el conocimiento o con el texto. Pero en
realidad comprensión, texto y conocimiento son términos que engloban múltiples
tipos. De los tipos de comprensión posibles hemos optado por seleccionar
aquellos que están relacionados con la lectura y con los diferentes tipos de
texto. Resaltamos los siguientes:
A)
Comprensión empática: Somos capaces
de entender los sentimientos y emociones de los otros, lo que conlleva una vida
mental e intencional. Tanto es así, que esta comprensión nos lleva
irremediablemente a identificarnos con algún personaje de una historia, a
introducirnos dentro de su piel y compartir sus sentimientos y emociones, sus
éxitos y fracasos. Este hecho se produce muy tempranamente, constituyendo un
tipo de comprensión esencial en niños de corta edad.
B) Comprensión orientada a una meta:
Como también ocurre en el caso anterior, estos tipos de comprensión se nutren
de un conocimiento social y cultural compartido sobre sentimientos y acciones
humanas. En ambos casos se trata de una comprensión de los otros que se
corresponde con la posición defendida por Tomasello (1999), en la que cada
individuo puede imaginar por sí mismo e introducirse “en el zapato mental” del
otro. Pero en este caso puede comprenderse la conducta humana del otro en
términos de motivos, propósitos e intenciones. Y esta comprensión puede
argumentarse en términos de una explicación funcional y también causal. Los
cuentos, fábulas, narraciones, artículos de prensa y algunos textos
discontinuos (e.g. campañas de sensibilización social) suelen ser los tipos de
textos que generan este tipo de comprensión.
C) Comprensión simbólica y conceptual:
La comprensión también se relaciona con el lenguaje y sus significados, con la
estructura, organización y estilo del discurso oral y escrito, y también con
otros símbolos que, como los religiosos o ideológicos, condicionan la
comprensión final de lo leído. Implica, por tanto, todo tipo de conocimiento y
teorías previas (conocimiento del discurso, teorías implícitas e intuitivas,
sesgos ideológicos, religiosos, deportivos,...), afectando también a todos los
niveles del lenguaje (léxico, gramática, conceptos, metáforas, moraleja,...).
En relación con el discurso escrito, este conocimiento implica una sensibilidad
hacia su estructura, hacia los géneros del texto e incluso en aspectos más
pragmáticos (e.g. estilo de escritura, objetivo del escritor, el uso de la
ironía, el humor, del sentido crítico,...). Por ello, puede decirse que este
tipo de comprensión se genera ante cualquier tipo de texto, incluyendo también
los diálogos.
D) Comprensión episódica y espacial:
Este tipo de comprensión se relaciona tanto con la información espacial
descrita semánticamente en el texto como con los diferentes tipos de expresión
gráfica explicitada (fotos, dibujos, diagramas, esquemas, tablas, mapas,...).
Implica un tipo de conocimiento sobre el mundo que demanda, además, de una
orientación espacial y simbólica. Las partes descriptivas y espaciales de los
textos, las imágenes incluidas en textos continuos como prácticamente todos los
textos discontinuos (e.g., chistes, cómics, tablas, diagramas, dibujos,
mapas,...), inducen este tipo de comprensión.
E) Comprensión científica: En este tipo
de comprensión prima la dimensión cognitiva. En ella, las explicaciones poseen
un fuerte contenido causal y un importante grado de abstracción, basándose en
teorías científicas bien construidas y hechos bien articulados que resultan
coherentes. Implica también opiniones con el fin de convencer, persuadir o
hacer creer, aspectos que ya se trataron ampliamente en el capítulo segundo de
este libro, como fue el conocimiento explícito. Teorías, modelos científicos o
el conocimiento relativo a muchos dominios específicos pertenecen a este grupo.
Este tipo de comprensión promueve un buen número de analogías, como también
induce el uso de un razonamiento lógico, analítico, objetivo, deductivo,
simbólico y espacial. Los ensayos, textos académicos, libros de textos y
algunos textos discontinuos (tablas, gráficos, mapas conceptuales, diagramas de
flujo,..) son buenos ejemplos de los tipos de texto que facilitan este tipo de
comprensión.
F)
Comprensión metacognitiva: El
lector también conoce directamente su grado de comprensión, lo que adquiere un
valor funcional, pues con esta información el individuo sabe a cada instante si
el estudio de un fenómeno requiere mayor o menor número de recursos o grado de
esfuerzo cognitivo. Ello implica un metaconocimiento, aunque pueda haber
situaciones en que este conocimiento no ocurra necesariamente. Por ejemplo,
suele suceder que una persona tenga la experiencia subjetiva de comprender,
cuando ésta, en realidad, no se alcance desde un punto de vista informativo.
Hay estudios que han constatado la impresión de personas que dicen comprender
perfectamente un texto en el que, de hecho, hay dos cláusulas contradictorias
(e.g., Glenberg, Wilkinson y Epstein, 1982), o un supuesto físico que contiene
una o más inconsistencias (Otero y Kintsch, 1992). Se trata, según estos
autores, de una ilusión cognitiva, esto es, de una comprensión fenomenológica.
Pero la comprensión (o incomprensión) metacognitiva va acompañada de
sentimientos. Así, existen sentimientos de confusión, de frustración o, incluso,
de anticipación cuando nos enfrentamos a algo que no comprendemos, o de
satisfacción y confianza cuando tenemos la sensación de haber comprendido una
información determinada. Este conocimiento se adquiere como fruto de la
información autobiográfica acumulada acerca de nuestras propias cogniciones,
sobre la forma de orientarla y sobre el control que se tiene de las mismas. Se
produce con todo tipo de textos.
Concepción de Competencia
lectora
Si a la comprensión se le atribuye la propiedad de dotar de
coherencia a lo leído o de construir un nivel determinado de representación
mental, a la competencia lectora se le vincula con el conjunto de habilidades
básicas y conocimientos que se requieren para ser eficiente en la vida diaria.
De esta manera, la competencia lectora eficiente depende de la habilidad para
decodificar textos, para comprender el significado de las palabras o la propia
estructura gramatical donde se sostiene para obtener, al menos, un nivel
superficial básico. Pero, de igual manera, esta competencia eficiente también
depende de la habilidad para leer entre líneas, de reconocer los propósitos o
la intención del texto, de identificar los recursos que ha utilizado el
escritor para expresar la información o interpretar el significado de las
estructuras y características específicas del texto, como es el género. Esta
competencia, por tanto, abarca tanto la habilidad para comprender e interpretar
una amplia variedad de tipos de texto como establecer las relaciones con el
contexto en que aparecen. El lector debe ser también capaz de establecer una
cadena de razonamiento, comparar y contrastar información del texto, diseñar
inferencias, identificar y comprender la ironía, la metáfora y el humor,
detectar matices y sutilezas del lenguaje, reconocer las diversas maneras en
que los textos pueden ser elaborados para persuadir e influir, y relacionar lo
que leen los alumnos con su propio conocimiento y experiencias.
Vista de esta manera, la competencia lectora a la que nos
referimos aplica y utiliza el conocimiento disponible de manera muy versátil y
eficiente en un amplio rango de contextos que se extienden más allá de lo
educativo. Esta competencia debe permitir desarrollar diferentes tipos de tareas
de lectura, tales como la formación de una comprensión amplia y general de lo
que se lee, recuperar información específica, generar una interpretación o una
reflexión sobre el contenido, o sobre la forma del texto.
La implicación de un puzzle
interactivo de la lectura
La lectura, vista desde nuestro punto de vista, se produce
como consecuencia de una comprensión significativa y se realiza a través de una
competencia efectiva. En estos términos, la lectura se concibe hoy como un
proceso mental complejo e interactivo, a través del cual el lector construye
activamente una representación del significado, poniendo en relación las ideas
contenidas en el texto con sus conocimientos previos y con su propia actividad
reflexiva (León, 1996, 1999, 2003). La comprensión final del texto viene
entonces producida por la conjunción de, al menos, tres factores. De un lado,
las características del material escrito, expresadas no sólo en los diferentes
niveles lingüísticos, sino también por su contenido y su estructura. Así, en
este lugar podríamos situar todo lo que dependiese del texto y del escritor
para optimizar su comunicación (véase figura 1). Dentro de este apartado se
introducirían aquellas técnicas que resultasen útiles para resaltar la
estructura del texto, simplificar su contenido o mejorar su organización. Todo
ello redundaría en una mejor activación de los conocimientos previos del
lector, a la vez que permitiría la construcción de la macroestructura del
mismo. Por otro lado, se sitúan las características del lector, sus
conocimientos y los procesos mentales que debe realizar para generar un nivel
de representación mental lo más rico y coherente posible, así como las
habilidades lectoras que utiliza para extraer dicha información del texto. Este
apartado incluiría las estrategias que el lector aplica al enfrentarse a la
lectura del pasaje. Esta destreza del lector no es algo que se adquiera
espontáneamente, sino que se asienta con la práctica, en la que paulatinamente
se van automatizando los procesos superficiales y ello va a permitir una mayor
dedicación de los recursos cognitivos a la tarea de comprensión. Esta
habilidad, lejos de ser un proceso cerrado, continúa desarrollándose en la edad
adulta con la adquisición progresiva de nuevos conocimientos.

Figura 1. Un modelo
interactivo de la comprensión y de la competencia lectora (León, 2004).
Por último, la toma de conciencia y la apreciación del
contexto en que se construye el texto, así como la habilidad para aplicar el
conocimiento, comprender y utilizar las habilidades específicas en un dominio
determinado en un amplio rango de contextos relativos al mundo y fuera del aula
se considera, también, otro factor esencial. Dentro de la competencia lectora,
los contextos de aplicación, tales como lecturas de uso personal (e.g.,
cartas), de uso público (e.g., documentos oficiales), para el trabajo y la
educación (libros de texto, informes especializados, etc.), los lectores deben
comprender los escritos desde todas y cada una de estas situaciones.
Todos estos aspectos que aparecen en la figura 1,
participan muy activamente en la obtención de una comprensión coherente (véase
León 1996, 1999, 2004) y deben tenerse en cuenta en cualquier modelo
interactivo de la comprensión como el que aquí se muestra. Cada uno de estos
factores ha sido estudiado de manera independiente, analizando su peso
específico en el complejo proceso de la comprensión. La idea esencial que se
pretende transmitir es que si se conoce la competencia lectora de la que
dispone el lector, las características del texto y el contexto de lectura,
pueda predecirse el nivel de comprensión que obtendrá el lector. Esta triple
perspectiva, texto, lector y contexto educativo, nos será útil en el desarrollo
de este marco teórico.
Factores del texto: Los libros
en el contexto educativo y en los planes de escritura
Buena parte de la dificultad del lector para extraer el
significado se origina en la fuente de la información. La forma en que se
expresa, la carga léxica y/o semántica, el grado de abstracción en el que está
escrito, la ausencia de una organización clara y estructurada ..., son factores
que pueden alterar el curso de la comprensión. El contenido escolar suele
incrementar la dificultad comprensiva al tratar con una terminología abstracta,
conceptual, y que requiere de estrategias lógicas necesarias para extraer
adecuadamente el nivel de explicación dado en el texto. Este es un handicap que
debe ser asumido por los escritores que desarrollan su tarea en la elaboración
de textos científicos/académicos. El escritor puede y debe hacer más
inteligible el material escrito que produce.
El nivel de conocimiento que poseen los lectores
potenciales a los que va dirigido un determinado texto se revela como un factor
determinante. Si el conocimiento que se demanda es excesivo, el lector tendrá
una dificultad añadida para establecer los puentes necesarios entre el
conocimiento demandado y su conocimiento disponible. En muchos textos
académicos se asume como objetivo de lectura introducir un mayor nivel de conocimiento
de los que poseen los alumnos. Inicialmente no hay nada que objetar, puesto que
el libro debe proporcionar nuevos conocimientos. Pero en muchos casos, este
aspecto se constata en un descuido excesivo de los planes de escritura, en la
poblada densidad conceptual que aparecen en sus páginas o en su pobre nivel de
cohesión. Todo ello hace difícil, sino imposible, enlazar causalmente los
distintos elementos y alcanzar un grado satisfactorio de comprensión. Si por el
contrario, el nivel que demanda el texto es muy inferior al que posee el
lector, el texto no le aportará nuevo conocimiento, resultándole demasiado
obvio y escueto (véase a este respecto León y Slisko, 2000).
El autor, por tanto, debe tratar de conocer al grupo de
lectores potenciales al que sus escritos van dirigidos. Los textos científicos
de divulgación suelen ser un buen ejemplo sobre cómo facilitan al lector menos competente comprender
los problemas científicos sin tener una competencia especializada. Este
objetivo puede conseguirse a través del uso de señales lingüísticas explícitas
que indican las relaciones de cohesión en el texto o, en su ausencia, facilitar
inferirlas. Los saltos en la cohesión de las ideas no suelen ser tan grandes.
Quizás, por ello, algunos escritores son conscientes del contraste tan enorme
existente entre la conceptualización y la abstracción de las ciencias, y los
referentes de los objetos e ideas de los lectores que se orientan por su
experiencia común. Por estas y otras dificultades, cabe señalar aquí que aquellos
escritores que explican, y saben explicar, temas propios de los textos
escolares, aproximándolos a la comprensión de sus alumnos, son sencillamente
excepcionales. Quizás una de las habilidades que poseen estos escritores sea la
de apropiarse de las dudas o preguntas que se hace el alumnado sobre el tema
que escriben. Imaginarse el nivel de conocimientos supuestos del lector
potencial puede ser una buena base para determinar lo que se debe decir y no
decir. Este podría ser el umbral donde establecer ese delicado equilibrio entre
el peso del saber conocido y el saber nuevo. Este equilibrio remite
directamente a la comprensión e inteligibilidad del texto. Para desarrollar
adecuadamente el flujo de ideas, el escritor, además de utilizar recursos
sintácticos y semánticos como el uso de señalizaciones, puede también aplicar
otros que aluden al buen uso de un programa de estrategias de escritura que
incluya marcadores tales como el uso de reformulaciones, paráfrasis,
definiciones o secuencias textuales explicativas. También el uso de analogías
como ejemplos, metáforas o comparaciones son también facilitadoras de la
comprensión y del aprendizaje. El orden y la claridad de las ideas también
pueden mejorarse con una planificación de las ideas y con una sintaxis sencilla.
Factores del lector: El uso
de estrategias lectoras
Además del nivel de conocimientos del lector, su nivel de
representación, de la activación de inferencias o del propósito y motivación de
la lectura, buena parte del éxito de la comprensión descansa en el uso de
estrategias lectoras. En general, se asume que el lector modelo suele empezar
el proceso de lectura revisando superficialmente ciertas características del
texto, tales como el título, subtítulo, gráficos y quizás, breves segmentos del
texto, como la introducción o el resumen. Esto activa esquemas de contenido y
quizás también esquemas básicos sobre los patrones en los que se organiza el
texto. El lector se sirve posteriormente de esta información para construir
hipótesis o hacer predicciones sobre el sentido del texto o sobre las
intenciones del autor. Las hipótesis y predicciones se convierten así en el
propósito de la lectura, ya que el lector lee para confirmarlas o refutarlas.
En diferentes momentos, el lector puede resumir o comparar la nueva información
con los conocimientos existentes, para ver si la nueva información se ajusta o
se opone a las hipótesis y, en la medida en que se produzca esta última, el
sentido se modifica. También las teorías más recientes sobre los procesos de inferencias
que realizamos los lectores enfatizan este carácter activo del proceso de
lectura (e.g., Graesser, Singer y Trabasso, 1994; León, 1999, 2003; León,
Peñalba y Escudero, 2002).
Desde hace ya algún tiempo, un importante número de
investigaciones se ha orientado a analizar y clasificar diferentes estrategias
que los lectores competentes y no tan competentes desarrollan ante la lectura y
la comprensión de un texto. Estos estudios han detectado el uso de distintas
estrategias en todos los niveles educativos. Así, por un lado, se han
identificado estrategias propias de los lectores competentes y que han sido
denominadas de diferentes formas tales como estrategias organizativas (Just y
Carpenter, 1987), de comprensión (Spring, 1985), significativa (Loman y Mayer,
1983), asimilativa (Mayer, 1985), de conocimiento (Green, 1995) estructural
(Meyer, 1984) o estrategia cualitativa (León,1991). Por otro, el lector
inmaduro presenta otros tipos de estrategias, como la estrategia mecánica
(Loman y Mayer, 1983), cuantitativa (León, 1991), en lista por defecto (Meyer,
1984) ó ante tareas de resumen, la estrategia suprimir y copiar propuesta por
Brown, Day y Jones (1983). Ambos grupos de estrategias difieren en la forma en
que los lectores generan una representación mental de los significados
textuales y, especialmente, en la comprensión organizativa en la que está
estructurado el texto. Estos análisis de estrategias sugieren que los buenos
lectores se muestran más activos que los lectores con pobre capacidad de comprensión
cuando procesan la información del texto. Así, en el caso del lector
competente, las estrategias están encaminadas a generar o activar el
conocimiento que posee el sujeto, que tal conocimiento sea el adecuado y que
sea capaz de hacer un uso estratégico de dicho conocimiento.
La presencia de estos tipos de estrategias se muestra
también en trabajos recientes (León, 1991; León y Carretero, 1995; León y
Peñalba, 2002; Montanero y León, 2002). Los resultados obtenidos en estos
estudios indican que las diferencias esenciales entre las respuestas emitidas
por los adultos expertos y alumnos de bachillerato aparecen en la calidad de
las respuestas, siendo las del experto más selectivas respecto a la
macroestructura del texto, mejor organizadas desde el punto de vista de la
estructura original del pasaje y más ricas en elaboraciones e inferencias
explicativas.
También el conocimiento implícito sobre la estructura del
texto se revela como uno de los factores claves responsables de esta
superioridad. El lector maduro parece utilizar hábilmente este conocimiento,
tanto en la representación de la nueva información como en la recuperación de
la misma, haciéndose más resistente el recuerdo con el paso del tiempo. Estos
resultados coinciden con otros estudios similares. Así, por ejemplo, cuando la
tarea consiste en solicitar a los lectores que procesen palabras con múltiples
significados, los lectores más hábiles suelen ejecutar la tarea, esto es,
detectan más rápidamente el significado correcto de la palabra en el contexto
frente a los lectores menos eficientes. Esto se debe, al menos en parte, a que
los buenos lectores suprimen más eficazmente los significados irrelevantes.
Estos resultados revelan la importancia del conocimiento
previo y el uso estratégico que hace de él el lector competente. Esta habilidad
estratégica afecta no sólo a la forma cognitiva de procesar la información sino
también al uso que hace de su conocimiento lingüístico, en el sentido de que el
lector extrae la estructura del texto siguiendo las pautas del autor. Todos estos
factores siguen considerándose claves para conocer de manera más precisa el
proceso lector.
Algunas sugerencias sobre el
papel del psicólogo en esta concepción de la lectura y de la competencia
lectora
Todo lo que hemos indicado hasta ahora sobre esta manera de
entender la lectura debe ampliarse mas allá del periodo de la adquisición
lectora, debe abordarse desde una perspectiva más amplia a la que los
psicólogos venimos dedicándonos hasta ahora. El papel del psicólogo respecto a
este tema debe ir en consonancia con este cambio paulatino que mencionábamos al
inicio de esta presentación. Este cambio afecta a la forma de entenderla, de un
enfoque casi exclusivamente centrado en la adquisición de las habilidades más
básicas en el inicio del proceso lector y en aspectos más relacionados con las
disfunciones que pudiesen producirse en ese período, a otra concepción más
amplia, que abarca prácticamente a todo tipo de lectores y que se centra,
fundamentalmente, en los procesos de comprensión y a los factores que dependen
de tales procesos.
Una buena parte de los esfuerzos de la actualización de los
psicólogos podría concentrarse en el análisis, revisión y diseño de los
materiales escritos. Actualmente este tipo de materiales son muy amplios y no
se centran exclusivamente en el material escrito (libros de texto, actividades
escolares, libros académicos, libros de ocio como cuentos, novelas...), sino
también a documentos de hipertextos y sistemas de hipermedia, a paginas web, a
cursos a distancia,... (véase a este respecto Mazzitelli y León, 2001). En este
tipo de materiales, el psicólogo debe velar por su calidad y adecuación a sus
lectores potenciales. Entre sus posibles funciones, el psicólogo podría revisar
su coherencia para facilitar la comprensión y la adquisición de conocimientos
(fluidez, conexiones entre ideas,...), fomentar que los contenidos que se
introducen promocionen la construcción de un modelo mental o su refinamiento
(explicaciones, analogías, ejemplos,...), promover la realización de
inferencias (explicativas, causales, elaborativas,...), integrar diferentes
tipos de conocimiento (semántico junto con gráficos e imágenes), o velar por la
adecuación de los contenidos presentados a los conocimientos previos de los
lectores.
En relación a los métodos de intervención, el psicólogo no
debe limitarse a niños en su fase inicial de la lectura, sino también a otros
tipos de lectores que necesiten mejorar sus estrategias lectoras. En general,
el psicólogo debe potenciar los tipos de conocimientos acerca del lenguaje y de
las formas organizativas del discurso, facilitar la identificación del
entramado de las ideas por la que discurre el texto y los enlaces de las
conexiones entre ideas, asegurarse de que el lector genera los diferentes tipos
de inferencia que dotan de coherencia lo leído (explicativas, causales,
elaborativas,...), de que el lector sea capaz de integrar diferentes tipos de
conocimiento (semántico junto con gráficos e imágenes), o de saber expresar lo
leído adecuándolo al lenguaje y al nivel de conocimientos que posee el lector.
Sólo así seremos capaces de innovar y adecuar el papel del psicólogo a la
realidad social y educativa en la que vive.
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