El populismo en los programas electorales

El populismo económico tiene larga trayectoria. América Latina ha tenido grandes exponentes de retórica populista, Europa no se ha mantenido ajena, otros muchos países también se han visto afectados. En todos los casos los efectos han sido de nefasto recuerdo. Recientemente, hemos visto el caso del Brexit en el Reino Unido o la reactivación del proteccionismo en EEUU. Los motivos del repunte del populismo son diversos: Los problemas de desigualdad asociados al proceso de globalización, las estructuras de mercado en las que “el ganador se lo lleva todo”, los cambios en el mercado de trabajo y el descontento generalizado por el incumplimiento del pacto social y de las expectativas generadas por el mismo. Estos factores han generado un desapego de la política y han impulsado el surgimiento de propuestas populistas que tratan de capitalizar el descontento.

Fuente. Rodrick, 2018

¿Qué tienen en común los programas populistas? En primer lugar, muestran un desprecio a las restricciones presupuestarias que limitan su capacidad de actuación; las identidades contables más elementales que no se adecuan a sus mensajes ideológicos son despreciadas. La inconsistencia temporal que conllevan sus propuestas implica un desinterés por los efectos de largo plazo, por la estabilidad y por las restricciones externas.

Lejos de la ciencia económica
El populismo necesita alejarse de la ciencia económica, por la que muestran un recelo y en ocasiones realizan un ataque frontal, siempre retórico y alejado de los principios científicos. Adicionalmente, pretenden una manipulación o simplemente eliminación de las fuentes de información que evidencian los efectos económicos negativos de sus iniciativas.

El populismo político propone políticas fiscales expansivas que a corto plazo estimulan la economía. El énfasis por la redistribución conlleva transferencias de rentas a grupos de población con una elevada propensión al consumo, por lo que el incremento de la demanda interna y el crecimiento se ven estimulados. Los incentivos a largo plazo disminuyen y se aumenta el consumo a corto plazo, por lo que la sensación de reactivación se retroalimenta y hace ganar apoyo a las políticas populistas que se ven refrendadas por la opinión pública. Sin embargo, a medio plazo, los colchones que permitieron la realización de la política expansiva se agotan, la deuda se acumula y los financiadores externos se vuelven más exigentes.

Los populistas se enrocan en sus medidas y buscan el enemigo exterior para agrupar intereses nacionales en torno a ellos, lo que facilita el deterioro de las instituciones y las democracias. La consecuencia son el repunte de la inflación, la falta de financiación y la fuga de capital que huye de la crisis, lo que deriva en un programas de reformas y estabilización doloroso que ocasiona una caída del nivel de vida de carácter permanente en ocasiones acompañada de inestabilidad política.

El apoyo de los intelectuales
Frecuentemente, el populismo encuentra apoyo en una clase artísticointelectual que haciendo oídos sordos de la razón prefiere acercarse a un poder político que les proporciona el reconocimiento del que se cree merecedora. Al final del día, el objetivo de la reducción de la desigualdad y la pobreza, cuando se instrumenta mediante medidas populistas, acaba siendo contraproducente para aquellos a quienes se intenta proteger.

En países desarrollados y con sistemas democráticos consolidados, los frenos institucionales a las actuaciones de política económica populistas existen en varios frentes (parlamento, oficina presupuestaria, Banco Central, acuerdos internacionales, etc.). Aun así, estos frenos no han sido suficientes para que el populismo político haya sido acogido sin complejos por los votantes. Por ello, es oportuno incorporar medidas de transparencia para que los votantes sean verdaderamente libres en su voto; para ello deben de estar informados. Sin información no hay libertad, hay ignorancia.

Existen algunas pruebas del algodón que pueden realizarse a los programas electorales de los distintos partidos. En primer lugar, se requiere responsabilidad por parte de los partidos; es exigible que cualquier propuesta lleve su memoria económica de acompañamiento, con sus impactos medidos adecuadamente a corto y medio plazo. Esta simple actuación abre los ojos a votantes y a muchos políticos bienintencionados que pretenden apalancar su ideología en el desconocimiento.

Evaluación presupuestaria e independiente
En segundo lugar, sería conveniente que una institución independiente, pública como la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal AIReF o privada como una fundación, elaborara una evaluación presupuestaria de los programas electorales; tal y como sucede desde hace varias décadas en Holanda o más recientemente en Reino Unido o Francia. Adicionalmente, podría facilitarse que los distintos partidos soliciten evaluaciones de sus  propuestas a la administración del estado, como es el modelo de Irlanda o Australia, para que de esta manera, los partidos y los votantes, tengan información más precisa sobre las consecuencias de sus propuestas y, de esta manera, puedan decidir con mejor información si se incorporan o no a sus programas.

En tercer lugar, una cuantificación comparativa de los programas electorales: número de propuestas, claridad del lenguaje, contenido ideológico, accesibilidad, entre otros factores, podrían medirse sin grandes dificultades. Esto proporcionaría al votante una visión comparativa del contenido de los programas. Finalmente, no debemos dejar de lado la cuantificación ex post centrada en el cumplimiento de las propuestas y la revisión de los procesos de evaluación mencionados anteriormente.

En definitiva, el populismo político se afianza en el populismo económico. Desenmascarándole se desactivan parcialmente los riesgos, se revierte el descrédito y la desconfianza que sufre la política y se gana en transparencia y honestidad.

Juan de Lucio
Profesor de Economía de la Universidad Nebrija

Artículo publicado en Público el 17 de febrero de 2019

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