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Boris Johnson descubre que tiene al enemigo en casa

La esquizofrenia a la que nos ha acostumbrado la política británica desde que tuvo lugar el infausto referéndum del 23 de junio de 2016 ha vivido en los últimos días nuevos episodios en los que el optimismo inicial del Consejo Europeo celebrado la pasada semana condujo a la enésima decepción en Westminster pocas horas después. Las dudas sobre la materialización del Brexit continúan sin disiparse, aunque los últimos acontecimientos le han permitido al actual primer ministro británico descubrir que el gran escollo que debía salvar para cumplir su promesa de abandonar la UE el próximo 31 de octubre no estaba en Bruselas, sino en el propio Reino Unido.

Sorprendiendo a propios y extraños, Johnson se apuntó un tanto cuando el pasado jueves 17 de octubre se anunció oficialmente, contra todo pronóstico, un nuevo acuerdo para ejecutar el Brexit de manera ordenada. En realidad, dicho acuerdo no distaba mucho de los alcanzados anteriormente por Theresa May y que ya habían sido rechazados por el Parlamento Británico. Sin embargo, en esta ocasión, la gran novedad residía en la posición adoptada respecto a la frontera entre las dos Irlandas ya que, para evitar una división física entre ambas que pusiera en peligro los acuerdos de paz, se contemplaba que el norte de la isla continuara rigiéndose por determinados aspectos del mercado interior durante un periodo transitorio de cuatros años, al término de los cuales Belfast decidiría si mantenía esa misma regulación o si, por el contrario, la derogaba definitivamente.

Por este motivo, el apoyo del Partido Unionista Democrático (DUP), socio del gobierno conservador y representado en el Parlamento de Londres por 10 diputados, se antojaba más decisivo que nunca. Sin embargo, alegando ciertas dudas en materia de aduanas y de IVA, además de sobre otros aspectos reflejados en el acuerdo, decidió no secundar el texto uniéndose, así, a la postura de liberales y laboristas. Bien es sabido que desde el DUP se pretende que Irlanda del Norte abandone la UE conjuntamente con Reino Unido y que, por tanto, cualquier solución que suponga el mantenimiento de prerrogativas comunitarias contará con su rechazo.

De esta manera, Boris Johnson se vio obligado a hacer aquello que dijo que nunca volvería a hacer: tras la aprobación de la enmienda Letwin el pasado sábado que forzaba a retrasar la votación del acuerdo, al primer ministro no le quedó más remedio que proceder según la ley avalada por el Parlamento en septiembre en virtud de la cual no puede producirse un Brexit sin acuerdo, con lo que el Ejecutivo británico se vio impelido a solicitar una nueva prórroga a la UE, en esta ocasión hasta el 31 de enero de 2020. Aun así, para dejar bien clara su posición, en las cartas enviadas a Bruselas Johnson remarcaba que no creía que la prórroga fuera la solución y que actuaba únicamente por imperativo legal, dejando, incluso, una de ellas sin firmar.

Por su parte, los diferentes líderes europeos han mostrado su satisfacción por haber logrado un nuevo acuerdo, aunque, después de lo ocurrido el sábado, reiteran que, una vez más, la pelota está en el tejado de Londres. Boris Johnson continuaba hasta ayer con su testaruda actitud de abandonar la Unión Europea el 31 de octubre a toda costa (llegó, incluso, a afirmar que prefería “estar muerto en una zanja antes que pedir otra prórroga del Brexit”) pero, paradójicamente, se halla ante la circunstancia de que, al final, le ha sido más fácil pactar con sus futuros exsocios europeos que convencer a sus propios aliados de la necesidad de seguir adelante con su proyecto.

A día de hoy, y tras el rechazo del tramitar la salida por la vía de urgencia, todas las opciones siguen abiertas, incluida una nueva convocatoria electoral o la repetición de un nuevo referéndum, tal y como ha prometido Jeremy Corbin en caso de que el Partido Laborista se alzara con el poder. Sin embargo, esta segunda opción carece de respaldo entre los representantes políticos británicos (incluso los liberales han abandonado la idea de realizar una nueva consulta y han radicalizado su postura al anunciar que revocarían automáticamente el Brexit en caso de ganar unas hipotéticas elecciones) aunque parece estar ganando adeptos en la calle.

De hecho, un nutrido número de manifestantes se congregó el sábado delante del Parlamento, precisamente mientras se estaba llevando a cabo la votación de la mencionada enmienda Letwin para reclamar otro plebiscito: el desasosiego, la desgana y el hastío empiezan a hacer mella en la población.

Por todos los elementos analizados, no se puede adelantar demasiado sobre el horizonte inmediato que espera a los británicos. La ley no permite un Brexit duro y exige la solicitud de prórrogas sucesivas hasta que el Parlamento apruebe un acuerdo satisfactorio. Esta opción, sin embargo, no solamente es rehusada por Johnson, sino también por la propia UE, ya que lo último que se quiere desde Bruselas es prolongar ad eternum una situación encallada en la que el Reino Unido siga “estando sin estar” como consecuencia de los bloqueos sistemáticos de los diputados a todas las votaciones llevadas a cabo.

Después de que el pasado lunes el presidente de la Cámara de los Comunes, John Bercow, rechazara una nueva votación, todo hacía indicar que la obstinación de Johnson lograría que el Parlamento se pronunciase sobre el acuerdo con la UE esta semana. No obstante, tanto si el desenlace definitivo acontece en el corto como en el largo plazo, el guionista del Brexit parece decidido a aumentar la carga de suspense, resistiéndose a escribir el último capítulo.

José Manuel Muñoz Puigcerver

Profesor de Economía Internacional de la Universidad Nebrija

Artículo publicado en Cinco Días el 23 de octubre de 2019

Fotografía: Cinco Días

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