Sherlock Holmes, experto en creatividad

Más de cien años después de su primera aventura, Sherlock Holmes nos sigue fascinando, como demuestra que la serie de la BBC Sherlock se haya vendido a más de 150 países. Pero resulta curioso que Holmes no sólo haya pasado a la historia de los detectives, sino que sea considerado precursor de ciencias como la semiótica, la criminología e incluso la química. En mi libro No tan elemental, cómo ser Sherlock Holmes, he propuesto que su nombre figure también entre los pioneros del estudio de la creatividad.

Hasta el siglo XX se pensaba que la creatividad era algo mágico, una misteriosa cualidad que solo algunas personas poseían, ya fuera debido al destino, a las musas o la genética. Los antiguos griegos llamaban tecné (técnica) a todas las artes, con excepción de la poesía, porque pensaban que los artistas debían crear sus obras siguiendo unas reglas, pero pasaron más de dos milenios hasta que Poincaré, Wallas o Koestler recuperaron la idea de tecné de los griegos y la aplicaron a la creatividad misma. Wallas propuso en El arte de pensar (1926) una tesis insólita: existe un proceso creativo y, además, ese proceso incluye a la musa de los poetas, es decir, la inspiración. En definitiva, Wallas, siguiendo las ideas del matemático Poincaré, propuso cuatro fases del proceso creativo:

  1. Preparación
  2. Incubación
  3. Iluminación
  4. Verificación

La iluminación es la tercera fase del proceso, no la primera, por lo que, como decía Picasso: «Es cierto que existe la inspiración, pero es mejor que te encuentre trabajando», o, para ser más exactos: es porque has estado trabajando que llega a ti la inspiración.

Pues bien, Sherlock Holmes sigue siempre un proceso creativo similar al de Wallas y los modernos expertos en creatividad.

En primer lugar, investiga: suele recibir la visita de un cliente, a quien interroga, extrayendo toda la información posible a la manera socrática de preguntas y respuestas. La investigación continúa en la escena del crimen, donde busca toda la información relevante: «¡Datos! ¡Necesito datos! –exclama- No puedo construir ladrillos sin arcilla».

Cuando tiene todos los datos, Holmes se dedica a… descansar. En efecto, pasa las horas tocando el violín, paseando con Watson o fumando en su célebre pipa: «Este es un problema de tres pipas» o «de cinco pipas», asegura, según la complejidad del problema.

Y cuando ya parece que Holmes se ha olvidado del problema, de repente es sacudido por una inspiración y advierte un detalle que le puede llevar a la solución. Esa es la inspiración que los poetas atribuían a las Musas, y que, como se ve, necesita de un largo proceso previo.

Finalmente, llega el momento de la verificación, cuando Holmes comprueba que todas las piezas encajan y descubre los errores y aciertos de su hipótesis.

Todas las fases, aunque algunos expertos añaden alguna más, son fundamentales para el proceso creativo. Los malos resultados suelen deberse a que se ha descuidado cualquiera de ellas. Por eso, como siempre digo a mis alumnos, para ser un buen escritor hace falta voluntad y trabajo, tanto en la fase de investigación como en la de revisión: ese es el verdadero camino hacia la inspiración creativa.

 

Daniel Tubau, profesor de Literatura y Creación de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Nebrija, ha escrito el libro «No tan elemental, cómo ser Sherlock Holmes».

Toda la información sobre el libro aquí.

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