Más allá de vacunas y terapias: debemos estudiar las medidas contra la pandemia y su impacto a largo plazo

La covid-19 ha supuesto un impacto negativo y rápido en los sistemas de salud, sociales y económicos a nivel mundial. El motivo: el coronavirus combina una capacidad de propagación y una morbimortalidad no conocidas hasta la fecha.

La situación generada por la pandemia obliga a investigar con urgencia y a obtener conocimiento científico para su correcto abordaje.

Los estudios realizados durante la primera ola se han centrado en tres aspectos clave: la prevención de la enfermedad, el diagnóstico y el tratamiento. En la actualidad, tras la experiencia de los primeros meses, es necesario analizar el impacto, tanto sanitario como social, que la situación ha generado en la población.

Los primeros estudios realizados se focalizaron en la revisión de estudios publicados antes de la aparición del coronavirus, dado que algunas enfermedades con mecanismos de transmisión similares contaban con evidencia trasladable al contexto actual. Pero la escasa documentación existente sobre el comportamiento del virus y su control ha supuesto un vaivén de información y un cambio continuo en las directrices. Todo esto ha ocasionado una sensación de caos comunicativo.

Para comprobar la eficacia de las intervenciones en salud (fármacos, vacunas) es necesario realizar experimentos controlados, también llamados ensayos clínicos. Son estudios en los que a un grupo de individuos se les aplica una intervención y a otros, no. Luego se comparan los resultados entre ambos, algo no exento de problemas éticos.

Antes de empezar debe existir información suficiente que indique los posibles beneficios de la intervención a evaluar, frente a sus posibles riesgos. Además, es importante tener en cuenta la alternativa ofrecida al grupo de comparación. En el caso del SARS-CoV-2, al no existir tratamientos ni vacunas alternativos, se permite comparar con un placebo o con la ausencia de tratamiento.

Medidas no tan fáciles de evaluar

Hasta que podamos disponer de una vacuna efectiva para prevenir el SARS-CoV-2 se han planteado varias alternativas no farmacológicas cuyo fin es detener la transmisión del virus, teniendo en cuenta la evidencia disponible en estudios previos.

Sin embargo, la evaluación de determinadas medidas de prevención, como pueden ser el uso de equipos de protección, la utilización de antisépticos para el lavado de manos, las medidas de distanciamiento y el cribado y control de los posibles casos, no pueden ser evaluadas mediante un estudio experimental. Hacerlo conllevaría problemas éticos, al exponer al grupo de comparación a un posible riesgo (por ejemplo, a no guardar la distancia social o no usar mascarillas).

En las condiciones de pandemia actuales la evaluación del impacto de este tipo de medidas solo puede llevarse a cabo a través de estudios observacionales. En estos, el investigador no interviene: se limita a medir las variables observadas.

Los estudios observacionales permiten analizar la efectividad de las medidas de protección que utilizan los ciudadanos en condiciones reales (mascarilla, distancia física, medidas adoptadas en los colegios). No están exentos de dificultad, dado que no podemos asegurar que los individuos cumplan con las recomendaciones sanitarias en todo momento y del mismo modo. En cualquier caso, nos ofrecen evidencia suficiente para avalar algunas intervenciones, como el uso de mascarilla de cualquier tipo frente a no usarla o la distancia social de al menos un metro.

Consecuencias de la covid-19 difíciles de medir

La pandemia covid-19 también ha generado importantes consecuencias psicológicas y sociales que se prevé permanecerán durante meses o años. La última revisión publicada en The Lancet sobre el impacto de las cuarentenas reporta una serie de efectos psicológicos negativos relacionados con la duración, la frustración, el aburrimiento, la información inadecuada, falta de suministros, las pérdidas financieras y el estigma social. Este aspecto, focalizado en los profesionales sanitarios, se agrava hasta influir en su desempeño laboral.

El estrés pandémico afecta en mayor proporción a los grupos más vulnerables. Estos incluyen a personas sin recursos económicos, con discapacidad, que viven en hogares conflictivos, con psicopatologías previas, enfermas, niños, ancianos que viven solos y personal sanitario.

Además, las estrategias sanitarias a nivel mundial para combatir el impacto de la covid-19 se han focalizado en el control de la epidemia. Esto ha cambiado la gestión de los pacientes con enfermedades crónicas, cancelado consultas y cirugías no urgentes. El resultado ha sido un alto impacto en el diagnóstico y la progresión de algunas enfermedades, así como la adherencia a los tratamientos. Esta situación abre una ventana al uso de las nuevas tecnologías y a explorar nuevos modelos de atención que mejoren los procedimientos y optimicen la prestación de servicios sanitarios, evaluando su impacto clínico, económico y social.

Las restricciones de movilidad también han tenido consecuencias en la disminución de actividad física y cambios en los estilos de vida. Estos aspectos son muy relevantes en los pacientes crónicos, en los que el control de los factores de riesgo es fundamental para la progresión y control de su enfermedad. En esa misma línea, la soledad y el aislamiento social están directamente relacionados con la aparición de depresión y deterioro cognitivo en las personas mayores.

Abordar desde la investigación estos aspectos debe ser igual de relevante que la investigación dirigida a conocer las características del virus y al desarrollo de nuevos fármacos que ayuden a combatirlo.

Al estar inmersos en una pandemia sin precedentes, la investigación es fundamental para detectar acciones prioritarias que permitan minimizar el impacto de la covid-19.

El propio curso de la pandemia está marcando el ritmo y la dirección de la investigación, pero no podemos olvidar que los avances en el desarrollo de nuevos tratamientos y vacunas deben ser igual de relevantes para la ciencia como es el análisis del impacto que está generando en otras esferas de la persona y de la sociedad en general.

 

Lara Martínez Gimeno, coordinadora de Trabajos Fin de Grado, Universidad Nebrija; Elena García García, directora del Departamento de Posgrado e Investigación en el área de Ciencias de la Salud, Universidad Nebrija, y Gema Escobar Aguilar, directora Centro Universitario de Ciencias de la Salud San Rafael-Nebrija. Área de especialización: Enfermería, investigación, Universidad Nebrija

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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