Miguel Arraiz o las emociones de las arquitecturas efímeras que terminan pasto de las llamas

Miguel Arraiz o las emociones de la arquitectura efímera que termina pasto de las llamas

El fuego, uno de los cuatro elementos clásicos, marca la vida y obra de Miguel Arraiz, un arquitecto singular que abraza lo efímero. Con tragos largos de agua entre ideas, desgrana su historia personal y artística a los alumnos de la Politécnica Nebrija. El autor del Templo, que termina en cenizas y es el elemento más característico del Burning Man —un encuentro en el desierto de Black Rock en Nevada (Estados Unidos) “lejos del mundo mercantilista”—, reconoce que las emociones marcan su pulso creativo. Todo en torno al fuego, “donde se crea el hogar y las comunidades”.

Antes de franquear el Templo, recurre a su pasado fallero, pero advierte de los abundantes festivales valencianos con protagonismo del fuego que no son tan conocidos y de los tópicos de una de las fiestas más populares de Europa: “Mucha gente tiene un concepto de las fallas como una fiesta alocada, pero es un lugar donde en doscientos años hemos disfrutado de la oportunidad de experimentar arte efímero a través del uso de los materiales y de la crítica”.

Miguel Arraiz

“Una ciudad en llamas”

La creatividad se refleja en los 400 monumentos que “arden a la vez en una ciudad en llamas”. Con este y otros reclamos para que los universitarios acudan a Valencia en fallas, Miguel Arraiz defiende un concepto artístico propio alejado de las imágenes más reconocidas y apuesta por unas instalaciones más disruptivas que recuperen el espacio público y el asombro de los viandantes.

Después de idas y venidas, de chispas de ilusión y trabajo, en 2015, junto con David Moreno, diseña la falla de Nou Campanar: doce metros de altura y un suelo de mosaicos. A mucha gente no le gustó porque no seguía los cánones más reconocibles, pero cuando la recorrían por dentro se sorprendían por su arquitectura y por los tuits escritos en las columnas del estilo “Como en España, en ningún circo”. El debate estaba en ascuas cuando la lluvia y el viento echó abajo la falla antes de la cremá.

La llamada del Burning Man

Con esta penalidad a cuestas, recibe una llamada del Burning Man para un intercambio cultural. Este “no festival”, que nació a finales de los ochenta debajo del mítico Golden Gate, y que luego recaló en el desierto, acoge decenas de miles de visitantes en un peregrinaje y estancia “donde no existe el dinero ni el trueque y donde se depositan ofrendas para recordar a los seres queridos que han fallecido”. El Templo, junto a la figura de un hombre gigante, se quema en un ritual que gira en torno a la creatividad y las emociones. Corre el año 2016, todavía no es la edición donde levantará su particular templo. Faltan nueve años.

En esa edición viste a su hija de fallera y lleva una estructura parecida a la desplomada en Valencia y le pone el nombre de “Renacimiento”. Muchas personas se suben a la instalación y ven amanecer, pero por motivos ecológicos al final no le permiten quemarla y terminará de vuelta a Valencia para prenderle lumbre en una calle tras su paso por un museo de la ciudad.

De nuevo el desierto

El Burning Man ha colonizado su forma de estar en el mundo y tras unos años falleros y de otros proyectos, con una falla en forma de plataforma petrolífera y el lema “de donde no hay no se puede sacar” (2019) y un pabellón “abierto” para Valencia, Capital Mundial del Diseño (2022), le llega de nuevo la llamada del desierto sin perder los ecos del fuego.

Miguel Arraiz

Ahora sí, llega su gran momento. Diseña un templo en forma de gran roca negra haciendo honor al nombre del desierto donde se celebra el encuentro. Alejado de altares, quiere representar “un refugio donde la gente se sienta segura compartiendo y experimentando sus propias emociones”.

Después de un equipo de voluntarios que trabajan en la instalación en una nave en Oakland, del viaje del material en diez camiones y de dieciocho días de montaje con 150 personas (algunas, artesanos falleros) que lo miraban como “el diseñador loco de ideas raras”, emerge el Templo. No obstante, dos días antes de la inauguración, una tormenta de arena con vientos de cien kilómetros por hora hace tambalear un proyecto que al final reluce, dos días más tarde de lo previsto, como “ese refugio de intercambio de emociones y de despedidas y duelos de personas queridas con el apoyo de una comunidad”.

Temple of the Deep by Miguel Arraiz from Valencia, Spain. TEMPLE-photo-by-Duncan-Rawlinson

Un colapso de casi siete minutos

El Templo, mezcla de proceso, ritual y recuerdo, arde en el acto final del Burning Man. “Te piden que el templo colapse en un intervalo de tiempo de entre 25 a 40 minutos, pero el nuestro se vino abajo en 6 minutos y 48 segundo, batimos el récord”, precisa.

Los vídeos de la minuciosa limpieza del terreno y de los momentos finales, y la foto de cómo el fuego se hace visible a través de las grietas del Templo —asociada al verso de Leonard Cohen “hay una grieta en todo, así es como entra la luz”— son el último reflejo de su charla. Seguro que ha encendido la curiosidad de los estudiantes de la Universidad Nebrija, que no esperaban esta lluvia de fuego a pesar de la presentación inicial de Fernando Moral, director de la Escuela de Arquitectura y Construcción: “Estáis ante un creador y diseñador en sentido amplio que trabaja deliberadamente con lo efímero, con arquitecturas y diseños a medio camino entre lo onírico, lo sublime y lo evanescente”.

Texto: Javier Picos / Fotos: Zaida del Río

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