Niño escritor viciado con las bolas de anís, creador del territorio literario de Celama, deudor de colegas como Cesare Pavese y Juan Rulfo, heredero de una oralidad casi extinta, conversador irrefrenable, defensor a ultranza del arte para sobrellevar la vida… Resulta complicado acotar la figura literaria y humana del escritor Luis Mateo, de apellido Díez, Premio Cervantes 2023 y doble Premio Nacional de Narrativa y Premio de la Crítica. En el encuentro del Rincón de Lectura Nebrija, en el asomo de sus peculiaridades, confiesa que tiene en mente extender su trilogía del reino de Celama con dos nuevos relatos en una edición revisada. El todo de los habitantes de la comarca donde habitan la nada y el vacío sigue vivo.
En conversación con los lectores, defiende que “lo imaginario es un sustento fundamental de la vida” y que el recuerdo “es la leyenda de lo que vives; lo haces un poco legendario porque si te atienes al recuerdo estricto, este suele ser precario”. En su obra late la memoria, la ficción, el rescate del olvido de una generación rural que poco a poco desaparece de la faz de la tierra, que no de su literatura.
Responde a las preguntas de los privilegiados que, con la excusa de su novela La ruina del cielo, incluida en reino de Celama, le preguntan si se considera un escritor germinal o terminal, la tipología que él mismo ideó en una de sus múltiples conversaciones con el público: “Hay un punto germinal que tiene que ver con la necesidad, una incitación particular y personal, un aliciente previo fuerte que solo puedo sustanciar con la escritura, y eso lleva a un escritor terminal, que es por donde anda uno”.

Reconocimiento y comprensión
En el Rincón de Lectura Nebrija, liderado por Diego Aduriz, coordinado por Ana Heredero e impulsado en esta sesión por la Asociación Colegial de Escritores, Luis Mateo Díez reconoce que ha desarrollado la “buena” cualidad de ser un escritor prolífico, porque “si no escribes, no vives”, pero añade a la ecuación del mundo de las artes y la literatura el reconocimiento y la comprensión para no resignarse a “estar inédito”.
Escribe “al margen de la consideración comercial”. Sin ser “un exquisito, he intentado hacer literariamente lo que he querido” y en esa aventura ha tenido la suerte de encontrar editores “razonables” que han comprendido que “no voy a vivir de lo que escribo, lo tengo claro para mi desgracia”.
Infancia conectada con la oralidad
Además de esta consideración, el autor de El vigía de las esquinas apela a su infancia y al niño de posguerra que fue y que sigue inquieto en sus entrañas, con el que mantiene una relación “ingrata”. En el noroeste leonés “me tocó correr mi destino sin más obligaciones y se me despertó una cierta fascinación por lo que me contaban en las reuniones nocturnas familiares y vecinales”. El niño desplegaba sus orejas en esos filandones que reflejaban la herencia literaria de la oralidad, de las culturas imaginarias populares. Con esa infancia “más cercana a un niño de la Edad Media que a mis nietos en plena época tecnológica”, el niño que escuchaba historias que luego quería contar terminaría escribiéndolas y fabulándolas.

Ese aroma local apegado a las grandes corrientes literarias europeas no lo ha abandonado y el niño escritor que vendía sus relatos con la ayuda de su hermano y mentor Antón se convierte en un jovenzuelo que se da cuenta de que la película El manantial de la doncella, de Ingmar Bergman, era la leyenda de la niña ultrajada que tantas veces escuchó en su pueblo en esas noches de invierno. “No era un niño costumbrista ajeno al mundo, estaba en contacto con los grandes mitos de las grandes historias”, dice.
No puede desprenderse —tampoco se aprecian atisbos para querer hacerlo— de ese niño escritor que “despertaba fascinación entre las chicas” y que se gastaba todo lo que ganaba con la venta de sus legajos en bolas de anís. “Ahí tuve un problema. Como los escritores famosos que se enganchan, a través de la miseria del éxito encontré el vicio. Las bolas de anís estaban cubiertas de una coloración que te dejaba la boca manchada y empecé a tener fama de drogadicto delicioso. Al final rompí con aquello y vi que el éxito no valía para nada, fue una buena lección para aquel niño al que le tengo un poco de manía”, rememora.

El Territorio se expande
No deja de lado Celama, su territorio imaginario, presente en una trilogía que incluye El espíritu del páramo, La ruina del cielo y El oscurecer, y en Celama (un recuento), con sus treinta y ocho historias. El reino de Celama lo piensa como una sinfonía compuesta por tres libros que conforman la obertura, la “parte crucial” y luego una coda. En La ruina del cielo, la lectura del Rincón, Celama es “como una gran tumba de cosas del pasado, un repaso de las muertes que un médico constata para hacer una revisión de tantas vidas”. Una maraña de cuatrocientos personajes conforma una de las apuestas más reconocibles de la literatura española.

“Celama pertenece a mi pasado de escritor. Ya me he hecho muy mayor, un viejo pasado de rosca, pero me gusta mucho que hayáis elegido este libro”, comenta socarrón. Y acto seguido deja una primicia: está preparando una edición definitiva del reino de Celama, revisada y con dos relatos nuevos —Sacras estampas de Celama y Un administrador de la desgracia— que “no desmonta la que era definitiva y que ya estaba metida y encorsetada en un baúl funerario”.
“Mítico, legendario y metafórico”
Celama supone un espacio “entre mítico, legendario y metafórico” y narra “la liquidación de las culturas rurales, los recuerdos funerarios de tantas vidas, el trabajo como supervivencia, y sacrificio, pero no tuvo redención, está sin redimir”. Esa es el aviso de estos dos relatos: el primero, una sucesión de imaginería religiosa y popular que se hace humana, y el segundo, la experiencia de un “administrador de la desgracia” que pretende redimir el territorio con “un recuento de todas las vicisitudes, del dolor y del sufrimiento”.

Luis Mateo Díez (Villablino, León, 1942), miembro de la Real Academia Española, sonríe satisfecho; ha cumplido con el corrillo de ojos que no han pestañeado y de bocas preguntonas, ha contestado a todas las inquietudes de los lectores, “incluso las cuestiones personales íntimas”, pero le falta declararse “un escritor lleno de deudas, heredero de todo lo que ha leído”. En este último pasaje aparecen Cesare Pavese, Giorgio Bassani, Juan Rulfo y su Pedro Páramo, el condado ficticio de Yoknapatawpha de William Faulkner, el Macondo de Gabriel García Márquez, Juan Benet y su Región y la poesía de su amigo Antonio Gamoneda. Lo demás son celamas.
Texto: Javier Picos / Fotos: Nacho Nava
