Venezuela, ¿hay luz al final del túnel?

El pasado 23 de enero Juan Guaidó se autoproclamó Presidente interino de Venezuela y, desde entonces, el mundo mira al país andino con el aliento contenido. Las reacciones diplomáticas y los diferentes reconocimientos internacionales no se hicieron esperar. Así, países tradicionalmente opuestos al régimen de Maduro como Estados Unidos, Colombia o Chile (a los que se han sumado otros de la región como Argentina, Costa Rica, Perú o Brasil) han validado la legitimidad del líder de la oposición. Incluso Ecuador, nación históricamente proclive a la República Bolivariana, ha mostrado, en este caso, su rechazo al Gobierno de Caracas. Resulta evidente que la situación está tomando un cariz distinto al de las promesas incumplidas de antaño: la presión internacional de los propios países americanos (tan solo México, Bolivia y Cuba se mantienen fieles a Maduro) está insuflando, esta vez sí, una verdadera esperanza de cambio a la población venezolana.

Mucho se ha hablado y escrito sobre la situación económica de Venezuela. Ríos de tinta han fluido analizando y aportando remedios a la que, sin duda, es una de las peores gestiones económicas que la humanidad ha conocido en su historia reciente. El desmán ha sido de tal calibre que, lamentablemente, la solución solo será factible a largo plazo a través de políticas de oferta. La estanflación galopante que sufre el país únicamente podrá ser revertida llevando a cabo un proceso de reindustrialización interna que, a la vez que sea capaz de generar nuevos puestos de trabajo, termine con la escasez crónica de productos que ha desembocado en una hiperinflación de dimensiones cuasi astronómicas. Por otro lado, cabe resaltar que, por definición, los cambios no son ni buenos ni malos por sí mismos ya que, en buena lógica, su éxito dependerá de si conducen a una situación mejor o peor que la de partida. Sin embargo, la potencia del imperante revulsivo que debe reactivar las maltrechas constantes vitales venezolanas es inversamente proporcional a la eficacia de las políticas aplicadas por la administración actual: venga quien venga después de Maduro, sería del todo inverosímil pensar en mandatos aún más deficientes.

Es difícil conocer cuál es la situación económica real del país porque el Gobierno lleva años sin proporcionar estadísticas oficiales a los organismos internacionales. Por ello, los cálculos han de basarse en estimaciones cuya horquilla de resultados se antoja excesivamente amplia. Sin ir más lejos, algunas fuentes sitúan la inflación en algún inconmensurable punto que oscila entre el 100.000% y el 10.000.000% con el que el FMI calcula que cerrará este 2019. Si a ello le sumamos que, en 2018, la economía decreció un catastrófico 15%, en seguida nos hallaremos en el escenario descrito por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Según esta institución el 9,48% de los 39 millones de habitantes del país se encuentra subalimentado, un dato comparable a los que sufren poblaciones con hambrunas severas.

A esta situación ya de por sí dramática, el Gobierno de Maduro ha optado por sumar la ejecución de políticas que rayan la esquizofrenia económica. La última de ellas, en plena crisis y con el objetivo de evitar que sus conciudadanos obtuvieran dólares en el mercado negro, consistió en devaluar el bolívar en un 35%, echando así aún más gasolina al fuego de la desenfrenada hiperinflación anteriormente aludida. Conviene, también, añadir al análisis la cínica ironía de que Venezuela sea poseedor de vastísimos recursos naturales: detenta las mayores reservas de petróleo del planeta (el 20% del total mundial, por encima de países como Arabia Saudí, Canadá o Iraq), además de gas, bauxita, hierro, carbón, oro, diamantes o coltán, elemento clave este último para la fabricación de componentes de diferentes dispositivos tecnológicos como tabletas o teléfonos móviles. Valga decir que Venezuela no es, ni mucho menos, el único país con el que la llamada “maldición de los recursos” se ha cebado tan dolorosamente, aunque quizás sí es uno en donde la ineptitud de sus dirigentes ha permitido que su ensañamiento sea mayor.

Por todo ello, Guaidó representa un repentino balón de oxígeno en un tejido social ávido de analgésicos previos a inexorables terapias de choque. La inmediata reacción de los mercados internacionales a su autoproclamación como Presidente interino fue una buena muestra de ello. Sin embargo, aún se ciñen negros nubarrones sobre el horizonte venezolano que solo el tiempo juzgará si precipitan o si, por el contrario, acaban amainando: a pesar del apoyo de Estados Unidos y de la mayoría de naciones americanas, no se debe olvidar que Rusia y China continúan siendo aliados de primer nivel del régimen bolivariano. La Unión Europea, haciendo gala de su sempiterno perfil bajo en lo que a cuestiones internacionales se refiere, no ha acordado un apoyo tan contundente como quizá requería una cierta altura de miras histórica. Además, aunque su respaldo ha sido más bien tibio, la cúpula militar venezolana continúa siendo leal a Maduro y, sin el apoyo del ejército, no logrará materializarse el más leve atisbo de transición pacífica.

Por último, e ideológicamente hablando, quizás Guaidó sea visto con recelo por parte de diversos sectores progresistas. Sin embargo, consideraciones políticas aparte, hay que reconocer que el llamado “Plan País” presentado por él mismo y en el que se enumeran una serie de medidas para reactivar la economía apunta en la dirección acertada: reactivar la productividad y hacer de ella la piedra angular de la creación de empleo en Venezuela, lo que, a su vez, redundaría en una reducción de la inflación. La travesía por el desierto está siendo larga, pero Venezuela, con el acicate de la comunidad internacional, debería salir ya del túnel.

José Manuel Muñoz Puigcerver 
Profesor de Economía Internacional de la Universidad Nebrija

Artículo publicado en Cinco Días el 04 de febrero de 2019

Fotografía Cinco Días

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