José Sanchis Sinisterra: “La imaginación es una religión muy respetable en la que caben cosas muy interesantes”

El tiempo es relativo cuando toma la palabra el dramaturgo José Sanchis Sinisterra. Experimentado en saltos temporales que vierte en sus piezas, todo se detiene cuando habla de su vida y obra. Así ocurre cuando en la edición número 30 del Rincón de Lectura Nebrija, liderado por Diego Aduriz, coordinado por Ana Heredero e impulsado en esta ocasión por la Asociación Colegial de Escritores, se agarra a sus relatos de memoria y emociones. “La imaginación es una religión muy respetable en la que caben cosas muy interesantes”, opina mientras se refiere a su clásico ¡Ay, Carmela!, el objeto del encuentro lector. Los estudiantes de Artes Escénicas aprovechan la presencia del Premio Nacional de Teatro y de Literatura Dramática y del Premio Max de Honor para brindarle una lectura dramática de esta “elegía de una guerra civil en dos actos y un epílogo”.

Desde el primer momento, Sanchis Sinisterra rompe la cuarta pared y pide a los universitarios que se acerquen un poco más porque la luz le impide distinguir bien las caras. Haciendo gala de un humor cercano, lanza un mensaje a los jóvenes: “Pensaos bien esto de dedicaros al teatro”, y otro a Aduriz: “Pónmelo fácil, aunque sea con preguntas difíciles, porque cuando cojo la palabra no se sabe cuándo la dejo, córtame cuando sea necesario”. Ninguno de los destinatarios le harán caso.

Este “noctario”, que da fe de la ficticia realidad escribiendo más de noche que de día, está rematando dos nuevas creaciones y la ilusión por verlas representadas le mantiene muy activo. Reflexiona en voz alta sobre sus criaturas: “Las obras que considero menos mías son las que me han pedido y he aceptado por afecto o por amistad… ese familiarismo es efímero, a veces en el teatro se crean vínculos que no sabes cómo quitártelos de encima”.

“No me miro al espejo nada más que para afeitarme”

“Escribir me hace justificarme a mí mismo y a algunos les interesa husmear en este topo que ha recorrido muchos países, pero yo no me miro al espejo nada más que para afeitarme”. Otra declaración de intenciones.

Lleva siempre su libreta Moleskine al filo del bolsillo de su chaqueta, se diría que incluso se mueve inquieta cuando escucha algo susceptible de ser llamado a filas de una nueva obra. Escribe con bolígrafo en trenes y metros —observa a otros viajeros y a veces duerme—. Escribe siempre el original a mano y cuando lo pasa a ordenador retoca el texto. Escribe y no tiene móvil. Escribe con el ritual del café y algún otro cigarro, un hábito que tiene que “restringir”.

También confiesa que ahora se encuentra atrapado en el dramaturgo austriaco Arthur Schnitzler, que había leído mucho cuando tenía treinta años. Ahora devora Relato soñado y La señorita Elsa. Al lado de los grandes clásicos, su mente inquieta atesora libros sobre mecánica cuántica, la ley de la gravedad o la teoría del caos. “Soy el traidor de la familia, mi padre y mi hermano se decantaron por ser profesores de física y química; yo empecé en ciencias y me pasé a las letras, pero siempre conservé un respeto por el pensamiento científico. Yo cultivo un pensamiento pseudocientífico aplicado a pensamientos éticos y estéticos”, señala.

¡Ay, Carmela! y sus turbulencias

Con idas y venidas por su Teatro Fronterizo, que apostó por llevar “la libertad de la narrativa al teatro que se encontraba en cierto modo encorsetado por los estereotipos”, y con guiños de respeto por el teatro aficionado, “una zona peligrosa porque puedes pensar que puedes dedicarte al arte y luego vienen los tropiezos”, Sanchis Sinisterra se detiene, por aclamación popular y por satisfacción interna, en ¡Ay, Carmela!

Ahí hay unas “perversiones y turbulencias” en el espacio y en la línea del tiempo, pero subyace una “modestia” cuando la escribió si se compara con algunas piezas que creó después “donde seguramente se me fue la olla”. Corría el año 1986, cincuenta años después del inicio de la Guerra Civil, y se reconoce en una generación que empieza a diseminar “una mirada hacia atrás para entender la democracia después de una larga noche de represión”. Sanchis Sinisterra se sincera: “Es un tema que he tenido a flor de piel; mi padre era republicano y estuvo en la cárcel… Tenía una deuda generacional”.

Creía que el eje de la obra era la guerra civil española, pero el dramaturgo valenciano se dio cuenta de su error cuando la vio representada por diferentes países de Europa. En concreto, en Sarajevo, después de la guerra en la antigua Yugoslavia, donde los espectadores “emocionados” le estrechaban la mano y le daban las gracias: “Descubrí que ¡Ay, Carmela! no trata de la guerra civil española, eso es la superficie, sino de los muertos que no quieren ser olvidados”. Ya se lo advierte Carmela a Paulino en la obra: “Porque los vivos, en cuanto tenéis la panza llena y os ponéis corbata, lo olvidáis todo”.

Carmela y Paulino

Los cómicos de la legua Carmela y Paulino, “variedades a lo fino”, ya están en el parnaso del teatro español. “Carmela me salió demasiado atractiva como personaje y lo comprendo porque es todo tripas y corazón, aunque no es una heroína. Paulino será un cagón, pero también sabe con quién se la está jugando. Con la boca pequeña, reivindico al pobre Paulino”, comenta Sanchis Sinisterra.

En uno de sus viajes de tren se le encendió una bombilla con el título, tomado de una canción republicana y donde al “ay” le otorgó el significado de la muerte de Carmela en una obra “que no sería trágica”. Carmela no muere al final, sino que está muerta desde que ya se levanta el telón y regresa al Teatro Goya, de Belchite (Teruel), donde la mataron. Aquí reivindica como una acotación teatral, enmarcada por pausas, el titular de esta crónica. ¿Por qué no repetirlo?: “La imaginación es una religión muy respetable en la que caben cosas muy interesantes”.

Belchite desencadena, como la famosa magdalena de Proust, sus recuerdos de cuando era profesor en Teruel y, junto a su por entonces mujer la actriz Magüi Mira y el cantautor José Antonio Labordeta y su esposa Juana de Grandes, recorría los pueblos de la provincia. Allí vieron las ruinas de un pueblo que fue bombardeado primero por los republicanos y luego por los nacionales. Franco dejó luego las ruinas “como un monumento de horror de la guerra y construyó al lado el nuevo Belchite como un pueblo modelo”. La visión de los muros dañados, los cascotes y las torres derruidas le causaron una honda impresión. Unos cuantos años más tarde, asistió en medio de esa desolación a la representación de una ¡Ay, Carmela! interpretada por Paula Iwasaki y Guillermo Serrano y dirigida por Yolanda Porras.

La respuesta de Los Figurantes

Junto con Ñaque o de piojos y actores, ¡Ay, Carmela! “es de las obras que me han dado más satisfacciones, la he escrito con mucho placer y fluidez… muchas veces la creatividad me salta”. Fue un éxito rotundo y muchos de los actores y actrices “famosos” que le habían ignorado durante treinta años le pidieron textos de dos personajes. El rebelde Sanchis Sinisterra no accedió a esas pretensiones y acto seguido publicó Los figurantes, un homenaje a los secundarios del teatro… con diecinueve personajes. Todo esto lo cuenta al amor de la lumbre del Rincón de Lectura, en el salón de actos de la Facultad de Comunicación y Artes de la Universidad Nebrija.

El “ramalazo” o la génesis de ¡Ay, Carmela! surge en un vuelo entre Lisboa y Barcelona viniendo de una representación de Ñaque o de piojos y actores, una pieza de dos personajes que escribe Sanchis Sinisterra para dar un mayor protagonismo al actor que a su vez encarnaba a Leopold Bloom en su otra obra La noche de Molly Bloom (1979) en el que Magüi Mira protagoniza un monólogo basado en el Ulises de James Joyce. En este último montaje, en el que quiere recrear la libertad de la novela en el teatro —una idea ya esbozada en el sexto párrafo de esta crónica—, el actor solo dormía, roncaba y hacía algunos movimientos marcados. Al final, se despertaba después de la retahíla de confesiones sexuales y de otro tipo de su mujer, se desperezaba, daba la vuelta a la cama, se arreglaba la camisa, se acercaba a la cabecera, se inclinaba y apagaba el quinqué… oscuro: “Esa era la escena cumbre del actor”.

Con La noche de Molly Bloom, el Teatro Fronterizo, apadrinado por Sanchis Sinisterra empezó a sonar, pero el reparto era “muy asimétrico y al pobre actor de Leopold Bloom no le hacían caso caso y empezó a haber mal rollo”. De esta historia vino Ñaque, sobre dos cómicos de una compañía ambulante del Siglo de Oro, y del éxito de esta pensó que tenía que escribir “otro Ñaque” de dos personajes, pero esta vez una pareja de mujer y hombre. Después de este viaje teatral de casualidades y emociones nace así ¡Ay, Carmela!

El tiempo de loes estudiantes de Artes Escénicas

José Sanchis Sinisterra, uno de los grandes renovadores del teatro español, cree que llega la pausa del café. Entre bambalinas, sigue compartiendo sus vivencias con los estudiantes de cuarto curso de Artes Escénicas —grado que dirige Antonio Sierra—, que honran al maestro con una escena de ¡Ay, Carmela! con gramófono y bandera republicana mediante. Les da las gracias y les dice que cuando quieran monta con ellos un bolo en el Teatro Español. Irai Bosque, Alba Contreras, Luciana Ferreira de Matos, Alba Galán, Daniel García López, Rocío González Peña, Andrea Merino, Alba Piorno, Dayana Sotelo, Violeta Velasco y Lorena Zorzo no pierden la oportunidad para pedirle una foto con ellos —él se sitúa en un lado porque “el centro no me gusta”— y una firma en sus libretos arrugados por los vaivenes de la lectura dramatizada.

Antes, en el primer acto del encuentro, Sanchis Sinisterra les había aconsejado que no aceptaran ningún trabajo que no los movilizara, que abrazaran “el placer de ponerse en riesgo y por lo tanto de avanzar a alguna parte, aunque sea al precipicio” a la vez que les advertía del narcisismo que contamina el teatro.

Ninguno de los que acuden al Rincón de Lectura ha mirado el móvil en dos horas. El tiempo vuelve a correr cuando las pantallas vuelven a iluminarse. Sanchis Sinisterra se despide ya avanzada la tarde.

Texto: Javier Picos / Fotos: Zaida del Río

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